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La reina Isabel II sigue desde el balcón del Palacio de Buckingham por su Jubileo de Diamantes en Londres, 5 de junio de 2012. celebraciones de sus 60 años en el trono británico sin su esposo, el duque de Edimburgo, hospitalizado. EFE/Andy Rain

No estaba destinada a reinar, y aun así se convirtió en la guardiana de todo un siglo. Isabel II de Inglaterra, la encarnación de la continuidad histórica entre dos siglos, hubiera cumplido -este 21 de abril-, cien años. Fue el “último gran testigo de solidez del siglo XX”, que ella ayudó a mantener unido con una presencia inquebrantable.

Al morir el 8 de septiembre de 2022, a los 96 años, la reina británica se llevó consigo el último hilo que nos unía al siglo XX. Su vida no fue solo una cronología de hechos y eventos, sino un ejercicio de estoicismo que mantuvo a flote una institución que, sobre el papel, padecía todos los signos de caducidad.

Hasta Christopher Hitchens, a menudo feroz con la institución, reconoció que la reina británica llenaba un espacio simbólico necesario que evitaba que la política lo devorara todo.

Su poder -coinciden sus biográfos- no residió en decretos ni imposiciones, sino en la constancia y en la prudencia que sostuvo la monarquía británica mientras el mundo se desmoronaba y se reconstruía varias veces. Desde la Europa de la posguerra hasta la revolución digital, Isabel II permaneció como el único punto inamovible de un mundo en permanentes cambios.

La reina Isabel II de Inglaterra luce una pamela adornada con flores durante el Día de las Damas en las carreras de caballos de Ascot, cerca de Londres, Reino Unido 2006. EFE/Lindsey Parnaby

Último hilo que nos unía al siglo XX

Isabel Alejandra María Windsor nació en Londres, hace cien años, el 21 de abril de 1926 y,aunque no estaba destinada a ser reina, la abdicación de su tío Eduardo VIII por amor a Wallis Simpson y la pronta muerte de su padre, Jorge VI, la llevaron al trono en 1952, con solo 25 años. Aprendió a ser reina a marchas forzadas y esa transición marcó el tono de un servicio que muchos definieron como un sacrificio del “yo” ante el deber de Estado.

Su reinado, que duró más de siete décadas hasta su fallecimiento el 8 de septiembre de 2022, fue el más largo de la historia británica, consolidándola como un símbolo de estabilidad inquebrantable en un mundo en constante cambio. Durante sus 70 años de reinado, Isabel II fue testigo de la descolonización de África y Asia, la Guerra Fría y la creación de la Commonwealth, además de trabajar con 15 primeros ministros, desde Winston Churchill hasta Liz Truss.

Se dice, y no sin razón, que el trono, para ella, fue vivido como un sacerdocio. Isabel II entendió que ser reina no era un trabajo con horario de oficina, sino un compromiso vital, constitucional, que aceptó con una solemnidad casi mística. Su coronación en junio de 1953 fue el primer gran evento global transmitido por televisión, que marcó el inicio de una paradoja que la acompañaría siempre: una reina que todos veían, que siempre estaba, pero a la que nadie conocía realmente.

La reina Isabel II de Inglaterra en abril 2005. EFE/Arthur Edwards.

Felipe, 73 años de matrimonio

Casada durante más de 73 años con el príncipe de Felipe de Edimburgo, supo equilibrar su papel como jefa de Estado con una vida personal marcada por su devoción al deber, su amor por los caballos y su afición por los perros corgis. Su legado se define por haber modernizado sutilmente la monarquía y haber mantenido la relevancia de la institución ante crisis familiares y transformaciones sociales globales.

En este escenario de soledad institucional, la figura de su esposo, emerge como el cimiento invisible de todo su reinado. Se casaron el 20 de noviembre de 1947 en la Abadía de Westminster, tras la Segunda Guerra Mundial, donde Felipe sirvió en la Marina Real. Para unirse a Isabel, el entonces príncipe de Grecia y Dinamarca tuvo que renunciar a sus títulos extranjeros, naturalizarse británico y adoptar el apellido Mountbatten.

Hasta el fallecimiento de Felipe en abril de 2021 a los 99 años, él fue la única persona que la trató como una mujer normal. En la intimidad, él eran la única capaz de contradecirla, proporcionando el equilibrio necesario a una mujer rodeada de dóciles cortesanos. Fue su “roca”, caminando siempre dos pasos por detrás en el protocolo, pero siendo su confidente absoluto, permitiéndole soportar el peso de una corona.

Pero Felipe nunca fue rey ya que en Inglaterra, el título de rey tiente un rango superior al de reina, por eso si un hombre se casa con una reina por derecho dinástico, y se convierte en rey superaría su título a la soberana legítima, por tanto nunca pudo sostener mayor título que el de príncipe consorte.

Isabel II de Inglaterra en una imagen de Julio 2001, EPA PHOTO WPA ROTA/JOHN STILLWELL/JS-BW

Si hay un logro político que define su trayectoria fue la transformación del Imperio Británico, cuando éste entonaba su fin, en la Mancomunidad de Naciones (Commonwealth) y presidió la descolonización con una “naturalidad” que evitó, en gran medida, hasta el resentimiento hacia la corona. Sin ataques virulentos. Ella se empeñó personalmente en mantener unidos a países con ideologías opuestas. En 1961, desafió las recomendaciones de su propio gobierno al viajar a Ghana y hasta bailó con Kwame Nkrumah, el líder que luchaba contra el colonialismo. Aquel gesto, captado por las cámaras de todo el mundo, fue más potente que cualquier tratado: la Reina aceptaba la igualdad racial y la soberanía de los nuevos estados.

Fue una labor diplomática de gran precisión, en la que ella actuó como figura de autoridad moral que trascendía las tensiones políticas de la Guerra Fría. Con razón, el filósofo y politólogo Isaiah Berlin apuntaba que la monarquía bajo Isabel II funcionó como un “amortiguador” social; ella era el símbolo que permitía a los británicos aceptar su nuevo y más modesto lugar en el mundo, tras la pérdida del Imperio, sin perder su identidad nacional en el proceso.

El historiador y biógrafo Robert Lacey señala que ella entendía el poder no como el mando directo, sino como la continuidad pura. Mientras los políticos se preocupaban por las siguientes elecciones o el titular del día siguiente, ella pensaba en las próximas décadas. Su papel político fue el de la “influencia silenciosa” y pese a estar constitucionalmente obligada a la neutralidad, su experiencia acumulada la convirtió en la consejera más experimentada.

Winston Churchill, su primer jefe de gobierno, quedó fascinado por su agudeza y admitió que, pese a su juventud, poseía una “autoridad natural” que imponía respeto incluso a los veteranos de guerra. Margaret Thatcher, con quien mantuvo una relación tensa y puramente profesional, reconoció en sus memorias que los consejos de la Reina eran “increíblemente acertados” y reflejaban “un conocimiento asombroso de los entresijos del Estado”.

La reina Isabel II de Inglaterra durante la jornada de apertura del Parlamento Británico, el 26 de noviembre de 2003. EPA/Mark Lees

Educada Estoica o fría e inaccesible

Sin embargo, ese blindaje emocional que la hacía una reina impecable proyectó sombras sobre su faceta más íntima. Popularmente se la describe como “una madre fría y emocionalmente inaccesible”. Para ella, el deber a la Corona siempre fue prioridad absoluta, lo que la llevó a delegar la crianza de sus hijos, sobretodo Carlos y Ana, en un ejército de nannies y tutores de la ‘vieja escuela’. El propio Carlos III confesó en diversas ocasiones que “su infancia estuvo marcada por la soledad y la necesidad constante de una aprobación materna que rara vez llegaba en forma de afecto físico, sino donde todo estaba regido por el protocolo y la exigencia”.

Pero hay que entender que la aristocracia británica de los años 50, el afecto nunca se demostraba; los niños eran vistos brevemente antes de la cena y el contacto con los padres estaba regido por una etiqueta asfixiante hoy en día inconcebible.

Siempre se recuerda aquel encuentro de la reina tras regresar de una larga gira de seis meses por los países de la Commonwealth, cuando las cámaras la captaron el primer saludo a su hijo Carlos, muy niño, con un escueto apretón de manos. Esa “frialdad” no era falta de amor, sino al haber sido educada para no mostrar nunca sus emociones en público; aquella protección acabó por mimetizarse en su ser. Con sus hijos menores, Andrés y Eduardo, nacidos una década después, se mostró mucho más relajada.

Cambiar las formas para que realmente no cambie nada

Sin embargo, aquella distancia emocional que fue su mayor activo como jefa de Estado, lo fue también de su mayor pasivo como cabeza de familia en los años de crisis.
El año 1992, su famoso “Annus Horribilis”, marcó un antes y un después. Los divorcios de tres de sus cuatro hijos y el incendio del Castillo de Windsor la obligaron a mostrar, por primera vez, una grieta en su armadura. El mundo asistió a los escándalos de Carlos y Diana como si fueran episodios de una tragedia televisiva donde la reina observaba con horror pero sin saber cómo intervenir más allá de su sabida contención.

La prueba de fuego llegó en 1997 con la muerte de Lady Di. Por primera vez en décadas, la Reina pareció desconectada de su pueblo. Su decisión inicial de permanecer en el castillo de Balmoral fue vista como una muestra de indiferencia absoluta. Fue un momento crítico: la monarquía tambaleó bajo el peso de su propia rigidez.

Gracias a su capacidad de adaptación —una de sus virtudes más infravaloradas— la salvó. Tardó pero lo hizo. La reina regresó a Londres, se mezcló con la multitud que lloraba a las puertas del palacio a su nuera fallecida y dio un discurso televisado. Tony Blair comentaría más tarde que Isabel II “poseía un instinto de supervivencia institucional que superaba al de cualquier político profesional”. Entendió que, para que nada cambiara en lo esencial, ella debía cambiar en las formas.

Isabel II se convirtió en una especie de “abuela de la nación”, una figura que incluso para los antimonárquicos representaba la ética del trabajo. Christopher Hitchens, a menudo feroz con la institución, reconoció que ella llenaba un espacio simbólico necesario que evitaba que la política lo devorara todo. Su mérito fue ser el punto fijo y desde la austeridad de la posguerra hasta el Brexit y la pandemia de COVID, su presencia fue el hilo conductor de la vida británica.

Trabajó hasta el último aliento, cumpliendo su promesa de juventud de que su vida “ya fuera larga o corta, sería de servicio a la corona”. Al recibir a su decimoquinta primera ministra, de pié, impecable, imperturbable, apenas 48 horas antes de morir, cerraba un círculo perfecto de deber, el de una mujer que decidió que dejaría una institución para que pudiera durar mil años más.
Amalia González Manjavacas
EFE Reportajes

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