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El cofundador de Apple no solo cambió la informática, la telefonía y la música: también diseñó el comportamiento de una civilización entera que hoy habita en el futuro que él inventó.

 

El cofundador de Apple no solo cambió la informática, la telefonía y la música: también diseñó el comportamiento de una civilización entera que hoy habita en el futuro que él inventó.EFE/John G. Mabanglo

 

“Seguid hambrientos, seguid insensatos”. Aquel lema rescatado de las páginas de ‘Whole Earth Catalog’ terminó por convertirse en el gran mantra de Steve Jobs. Hoy, quince años después de su marcha, su recuerdo no sólo sigue vivo, sino que se cuela a diario y de forma casi imperceptible en la vida de millones de personas.

En su despedida, las multitudes no salieron a llenar catedrales ni plazas históricas: prefirieron congregarse a las puertas de las Apple Store.

Frente a aquellas vitrinas de vidrio y aluminio pulido, despidieron al gurú tecnológico alumbrando la noche con el destello de los mismos dispositivos que él les había puesto en la palma de la mano.

Hoy, en pleno 2026, el mundo que Jobs dibujó en su cabeza se ha hecho tan cotidiano que lo damos por sentado, con actos como desbloquear una pantalla con un simple deslizamiento del pulgar, pagar un café desde la muñeca o resguardar la memoria de toda una vida en los servidores invisibles de la nube. Pero él ya no está para verlo suceder.

El mito del garaje.

Para comprender esa búsqueda casi obsesiva de la perfección que definió a Steve Jobs, es imprescindible retroceder hasta sus primeros días de vida. El visionario nació en San Francisco el 24 de febrero de 1955, fruto de la relación entre la joven estadounidense Joanne Schieble y el estudiante sirio Abdulfattah “John” Jandali.

Imagen de Steve Jobs el 9 de septiembre de 2009, con su indumentaria habitual: suéter negro de cuello alto y unos vaqueros Levi’s 501. EPA/MONICA M. DAVEY *** Local Caption *** 00000401854501

 

Apenas recién nacido, fue dado en adopción a Paul y Clara Jobs, una pareja trabajadora en Mountain View. Y Paul le regaló a su hijo una lección que pasaría a ser parte de la filosofía de Apple: la parte trasera de un mueble de madera, por mucho que vaya pegada a la pared y jamás esté a la vista, debe quedar tan pulida y bien rematada como la fachada principal.

Ese sentido de la estética se afianzó a base de renuncias. Tras cursar un único semestre en el prestigioso Reed College, Jobs decidió abandonar la carrera formal para no arruinar los modestos ahorros de sus padres adoptivos.

Pero, lejos de desvincularse de la universidad, se quedó como alumno oyente: dormía en el suelo de las habitaciones de sus amigos, subsistía devolviendo botellas de Coca-Cola vacías a cambio de 5 centavos y caminaba once kilómetros cada domingo solo para saborear una comida caliente en el templo Hare Krishna.

 

 

El punto de inflexión definitivo llegó en 1976. En el garaje de la vivienda familiar de Los Altos, un Jobs que apenas contaba con 21 años recién cumplidos se alió con el talento técnico de Steve Wozniak para fundar Apple Computer.

El reparto de papeles era claro: mientras Wozniak hacía magia con las placas de circuitos, Jobs aportaba la estrategia: las computadoras debían salir de los laboratorios y dejar de ser un coto exclusivo para ingenieros con gafas de soldador, convirtiéndose en herramientas bonitas, amigables y al alcance de cualquier ciudadano común.

Un destierro dorado.

El éxito fue arrollador. En 1980, con la salida de la empresa a bolsa, la cuenta corriente de Steve Jobs superó los 200 millones de dólares. Aún no había cumplido los 26 años. Sin embargo, el inmenso talento de Steve Jobs convivía con un carácter difícil de llevar.

Su afán de perfección rozaba a menudo el autoritarismo déspota, y sus colaboradores más cercanos no tardaron en acuñar un término para definir su magnetismo: el “campo de distorsión de la realidad”, esa capacidad casi hipnótica con la que era capaz de persuadir a cualquiera de que una meta técnica imposible podía estar resuelta en cuestión de 48 horas.

Steve Jobs murió el 5 de octubre de 2011, hace quince años. EFE/ADRIAN BRADSHAW

 

Sin embargo, tanta cuerda terminó por romperse. En 1985, tras una amarga batalla de poder frente al entonces consejero delegado John Sculley, Jobs fue despojado de sus funciones ejecutivas y expulsado de la compañía que él mismo había levantado desde los cimientos.
Con 30 años y el golpe aún fresco en el orgullo, aquel destierro forzoso supuso, en realidad, un milagroso reseteo personal y creativo: “Fue una medicina con un sabor horrible, pero supongo que el paciente la necesitaba”, confesaría tiempo después.

Lejos de rendirse, fundó NeXT Computer y, en 1986, apostó fuerte al comprarle a George Lucas la división de gráficos por ordenador de Lucasfilm, embrión de lo que muy pronto pasaría a llamarse Pixar Animation Studios.

Jobs financió el proyecto de su propio bolsillo durante casi una década, asumiendo pérdidas pero manteniendo intacta la fe en la animación digital. La recompensa a tanta terquedad llegó en 1995: el estreno mundial de ‘Toy Story’ no solo cambió para siempre la historia del cine animado, sino que devolvió a Jobs a la cima del reconocimiento empresarial.

Mientras tanto, en 1996, el panorama en Apple no podía ser más desolador: desangrada en lo económico, la compañía rozaba el abismo y se encontraba a escasos 90 días de la bancarrota total.

En un giro de volante digno de cualquier guión de Hollywood, la cúpula de Cupertino aprobó la compra de NeXT por 429 millones de dólares con el objetivo de incorporar su sistema operativo. La alfombra roja para el regreso del hijo pródigo estaba servida.

La conquista de nuestros bolsillos.

La vuelta al timón de Jobs en 1997 marcó el comienzo del rescate corporativo más asombroso en la historia moderna de los negocios. Lejos de titubear, metió la tijera sin piedad al caótico catálogo de la compañía para concentrar todos los esfuerzos en solo cuatro áreas.

Casi al mismo tiempo, lanzó la icónica campaña publicitaria ‘Think Different’, un verdadero manifiesto de identidad dedicado a “los locos, los inadaptados, los rebeldes, los alborotadores”.

Por aquella época, un Jobs más sereno ya había adoptado su uniforme inconfundible: un suéter negro de cuello alto firmado por el diseñador Issey Miyake (del que llegó a encargar un centenar de ejemplares idénticos), unos vaqueros Levi’s 501 de aspecto desgastado y zapatillas deportivas New Balance.

Con esa imagen sobria, empezó a encadenar un triunfo tras otro. El primer campanazo llegó en 1998 con el iMac y sus llamativas carcasas en colores translúcidos. Dos años después, el 23 de octubre de 2001, llegaría otro seísmo.

Fue entonces cuando presentó una pequeña cajita blanca con rueda mecánica que prometía meter “1.000 canciones en un bolsillo”: el iPod. Respaldado por la tienda virtual iTunes, Jobs reconstruyó la manera en la que la humanidad consumía música.

Hoy, en pleno 2026, el mundo que Jobs dibujó en su cabeza se ha hecho tan cotidiano que lo damos por sentado. EFE/EPA/JOHN G. MABANGLO

 

Y la carrera fue a más cuando el 9 de enero de 2007 anunció que presentaría tres aparatos revolucionarios: un iPod panorámico con controles táctiles, un móvil rompedor y un innovador comunicador de internet. Segundos después, desarmó al público: “No son tres dispositivos separados, es un solo dispositivo, y lo llamamos iPhone”.

Aquella superficie de cristal multitáctil inauguró, de facto, la era de la hiperconexión moderna. Tres años más tarde, en 2010, Jobs cerraba el círculo de la informática doméstica con el lanzamiento del iPad.

Figura genuina llena de grises.

Pero el genio seguía teniendo sombras bajo su luz. No tardaron en circular historias en Cupertino sobre empleados que evitaban a toda costa cruzarse con él en el ascensor, aterrorizados ante la posibilidad de afrontar un examen improvisado y verse en la calle antes de llegar a la planta baja si no defendían con brillantez su utilidad en la compañía.

Sus rarezas cotidianas tampoco pasaban desapercibidas. Era habitual verle ocupar las plazas de aparcamiento destinadas a personas con movilidad reducida en la sede de Infinite Loop, parapetándose tras el argumento de que cada minuto de su jornada era oro puro.

También circulaba habitualmente en un Mercedes-Benz SL 55 AMG plateado sin placas de matrícula, amparándose en una peculiar ley de tráfico de California que permitía rodar sin distintivo definitivo durante seis meses. Justo al cumplirse ese plazo, Jobs renovaba el contrato de arrendamiento y estrenaba otro vehículo exactamente igual.

Además, en 1978 se desmarcó de la paternidad de su primogénita, Lisa, nacida de su noviazgo de juventud con Chrisann Brennan. Jobs llegó a asegurar bajo juramento ante la justicia que sufría de esterilidad.

A la vez, una extraña ironía, bautizaba con el nombre de “Apple Lisa” a la computadora comercial que desarrollaba entonces. Y, aunque los años terminaron por formalizar el reconocimiento legal de la joven, el vínculo emocional nunca superó del todo la distancia.

En sus memorias, la propia Lisa Brennan-Jobs rescató la respuesta que le dio su padre cuando, siendo apenas una niña, le preguntó si le cedería uno de sus coches usados al sustituirlo: “No vas a conseguir nada. ¿Lo entiendes? Nada. No vas a recibir nada”.

Su estabilidad afectiva llegó más tarde, de la mano de Laurene Powell. Ambos sellaron su compromiso el 18 de marzo de 1991 en un íntimo enlace budista zen celebrado en el Parque Nacional de Yosemite, bajo la guía del maestro Kōbun Chino Otogawa. Fruto de aquel matrimonio nacerían sus otros tres hijos: Reed, Erin y Eve.

Una cosa más.

El final de Steve Jobs comenzó en 2003. Un chequeo médico rutinario destapó la presencia de un tumor en su páncreas. Para alivio inicial de los médicos, el diagnóstico no apuntaba al letal y habitual adenocarcinoma, sino a un tumor neuroendocrino de islotes pancreáticos, una anomalía infrecuente y con opciones quirúrgicas de cura.

Pero, fiel a su empeño por desafiar cualquier dogma establecido, Jobs se negó a entrar de inmediato al quirófano: apostó por combatirlo con zumos, regímenes alimentarios extremos y terapias alternativas, lo que aplazó su operación nueve meses. Fue un retraso del que, con el tiempo, reconocería haberse arrepentido.

En junio de 2005, durante la graduación universitaria de Stanford, un enjuto Jobs que había superado una primera cirugía, compartió una reflexión eternamente recordada: “La muerte es muy probablemente la mejor invención de la vida. Es el agente de cambio de la vida. Elimina lo viejo para dar paso a lo nuevo”.

La salud, sin embargo, no dio tregua. Pese a recibir un trasplante hepático en 2009 y sobrellevar un auténtico calvario médico, el desenlace se precipitó el 24 de agosto de 2011: “Siempre he dicho que si llegaba un día en el que ya no pudiera cumplir con mis deberes y expectativas como CEO de Apple, sería el primero en hacéroslo saber. Desafortunadamente, ese día ha llegado”, dijo en una emotiva carta de dimisión.

Apenas unas semanas después, el 5 de octubre de 2011, Jobs fallecía en su casa. En el conmovedor texto que su hermana biológica, la novelista Mona Simpson, firmó para The New York Times, se conoció la última reacción que tuvo al mirar fijamente a su familia en el lecho de muerte: “OH GUAU. OH GUAU. OH GUAU”.

Quince años más tarde, Apple es un titán financiero que ha tocado máximos históricos bajo la gestión de Tim Cook. Pero, a pesar de todo, en cada gran cita de la industria o presentación de novedades, el mundo sigue aguardando en silencio y con cierta nostalgia el eco de aquella frase con la que Jobs guardaba un as bajo la manga: “One more thing”.
Por Nora Cifuentes.
EFE / Reportajes.

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