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Inmersa en el corazón de una sociedad agitada, Santa Helena propició el triunfo del símbolo de la cruz cristiana sobre el águila romana. Foto: reproducción de una pintura de Giovanni Battista Cima da Conegliano, en National Gallery of Art (Washington, DC, EE.UU). Dominio Público.

Emperatriz y madre del emperador Constantino, Santa Helena fue una mujer de leyenda, una las figuras más influyentes en la historia del cristianismo primitivo y tuvo un papel decisivo al propiciar el triunfo del símbolo de la cruz sobre el del águila que era la insignia de las legiones romanas, revela una reconocida especialista en investigaciones históricas.

En su novela ‘Helena, la luz de Roma’, Mar Rodríguez Vacas, especialista en investigaciones y documentales de índole histórica, aborda la época final del Imperio Romano, poniendo el foco en la que describe como “una mujer de leyenda”: Santa Helena, emperatriz y madre del emperador Constantino.

Doctora en Periodismo, licenciada en Ciencias Ambientales y especialista en comunicación audiovisual y guiones documentales, Rodríguez señala que Flavia Julia Elena (conocida como Helena de Constantinopla, Helena Augusta o Helena de la Cruz), logró escribir una de las páginas más extraordinarias de la historia al propiciar el triunfo de la cruz sobre el águila romana.

Este triunfo, explica la autora, se refiere a que la vida de Helena está históricamente ligada a la cruz (máxima insignia y señal del cristianismo, en memoria de haber padecido y muerto en ella Jesucristo), que, gracias al titánico empeño de esta mujer, ganó preponderancia sobre el águila romana, el símbolo militar más importante de las legiones del Imperio Romano.

A finales del siglo III D.C. con el Imperio sumido en una crisis sin precedentes, a punto de desmoronarse, mientras Roma desataba su furia contra los cristianos y sus legiones luchaban contra los bárbaros, esta mujer hizo realidad, junto a Constantino y el sabio obispo Osio de Córdoba, la tolerancia religiosa en el Imperio, tras siglos de persecución, de acuerdo con Rodríguez.

“Con una fe y una determinación inquebrantables, Helena marcó una época de transición épica en la que el paganismo milenario cedió ante la revolución espiritual del cristianismo, cambiando el mundo para siempre”, asegura la autora.

“Inmersa en el corazón de una sociedad agitada, Helena protagonizó una gesta que le llevó a vivir una vida muy comprometida con el cristianismo, la cual culminó con un último viaje a Tierra Santa donde descubrió los lugares sagrados que sellaron para siempre su leyenda”, enfatiza.

Helena Augusta fue una de las figuras más influyentes, aunque a menudo olvidada, en la historia del cristianismo primitivo. Foto: Editorial Almuzara.

La vida de Helena de Constantinopla estuvo estrechamente relacionada con la búsqueda y el descubrimiento del ‘lignum crucis’ (‘madera de la cruz’) o Vera Cruz (“verdadera cruz”), el madero usado por los romanos para crucificar a Jesús de Nazaret, según distintas fuentes históricas y religiosas.

La búsqueda y el descubrimiento de la Vera Cruz por Helena representa un momento crucial en la historia del cristianismo primitivo, pero existen numerosos debates académicos sobre algunos detalles del relato, explica Rodríguez a EFE.

“La peregrinación de Helena a Jerusalén entre 327 y 330; la demolición del templo de Venus, construido por el emperador Adriano sobre el Gólgota; las excavaciones allí realizadas bajo la supervisión del obispo Macario y la posterior construcción de la Basílica del Santo Sepulcro son hechos históricos atestiguado por múltiples fuentes del siglo IV”, confirma.

Pero, según explica, “nadie puede saber qué ocurrió realmente con el madero en el que fue crucificado Jesús de Nazaret en la tercera década de nuestra era. Pero sí conocemos que su sepulcro era un lugar de peregrinaje para los cristianos de la época y de los años sucesivos”.

La figura de Santa Helena.

La vida de Elena está históricamente ligada a la cruz, máxima insignia cristiana, en memoria de haber padecido y muerto en ella Jesucristo. Foto: Mateus Campos Felipe/Unsplash.

Desde la muerte, en 306, del padre de Constantino, Constancio Cloro, Constantino se hace acompañar a todas partes por su madre, Helena, por lo que es más que probable que ella conociera y tuviera relación con el obispo Osio de Córdoba, obispo titular de la diócesis hispana y un férreo asesor religioso y político de la corte del emperador.

En febrero de 313, con Osio de Córdoba como asesor, Constantino y quien con él compartía el mando del Imperio, Licinio, envían a Oriente el ‘Edicto de Milán’, una carta en la que se informa de que, por primera vez en la historia, se establece la libertad religiosa en el Imperio Romano y se ponen fin a las persecuciones contra los cristianos.

Rodríguez también considera “más que probable” que en años anteriores al ‘Edicto de Milán’, Helena se hubiera acercado a las comunidades cristianas.

“Con 77 años cumplidos, Helena, en 326 o 327, emprende su histórica peregrinación a Tierra Santa. El historiador Eusebio de Cesarea documenta esta peregrinación, aunque resulta curioso que no mencione en su relato el hallazgo de la cruz”, prosigue la autora.
“Tenemos que esperar varios años, hasta enero de 395, justo cuando muere el emperador Teodosio, para encontrar la primera fuente escrita que hable del hallazgo de la Vera Cruz”, apunta.

“Lo hace San Ambrosio de Milán en su `Oratio de obitu Theodosii´, donde narra que se llevó una mujer gravemente enferma (o moribunda) para que tocara las tres cruces que supuestamente encontró Helena en su visita a Jerusalén. Al contacto con la tercera cruz, la mujer se recuperó milagrosamente, confirmando que era la Vera Cruz”, puntualiza.
Para esta experta, las fuentes literarias que hablan sobre el hallazgo de la Vera Cruz pueden dividirse en dos grupos principales: las contemporáneas a Helena, que se caracterizan por su silencio, y las posteriores, que desarrollan la leyenda.

“Eusebio de Cesarea, en su `Vita Constantini´, escrita entre 337 y 340, dedica siete parágrafos a exaltar la piedad de Helena durante su peregrinación a Tierra Santa. Pero no menciona nada sobre el posible descubrimiento de la Vera Cruz”, señala.

Añade que “el autor Juan Crisóstomo (In Joh. Hom. 85 I) describe el descubrimiento de la Cruz, pero tampoco menciona a Helena”.

A finales del siglo IV, aparece la leyenda.

La leyenda de Helena como descubridora de la Cruz de Cristo aparece por primera vez en la literatura cristiana a finales del siglo IV, casi seis décadas después de los hechos, según explica Mar Rodríguez a EFE.

Señala que “Ambrosio de Milán, en su obra `De Obitu Theodosii´, dedica a Helena los capítulos del 40 al 48 de su oración fúnebre por el emperador Teodosio”.

El hallazgo del ‘lignum crucis’ (‘madera de la cruz’) o Vera Cruz, por parte de Helena Augusta fue trascendente para el cristianismo. Foto: Pavel Nekoranec/Unsplash.

San Ambrosio “utiliza la mayor parte de estos capítulos para narrar cómo Helena halló la cruz de Cristo en los Santos Lugares, relatando que el Espíritu Santo la inspiró para buscar la Cruz de Cristo, y que ella desafió a Satanás y abrió la tierra”, según la experta.
“La compara con la Virgen María, afirmando que, si María venció a Satanás dando a luz al vencedor, Helena lo haría al encontrar la Cruz, dando así prueba de la resurrección de Cristo, con la ayuda del Espíritu Santo”, destaca.

“Sócrates de Constantinopla, en la `Historia Ecclesiastica´, escrita en el siglo V, relata la versión más conocida del hallazgo”, contando que “Helena hizo destruir el templo pagano bajo el cual estaba el santo sepulcro. Allí aparecieron tres cruces y el `titulus´ de la crucifixión”, de acuerdo con Rodríguez.

Añade que Sozomeno, también en la “Historia Ecclesiastica”, repite la misma historia del hallazgo narrada por Sócrates, mencionando que Helena destruyó el templo pagano que ocultaba el lugar a los cristianos bajo el culto a Venus, y que “el hallazgo de la Cruz se confirmó por la curación de una mujer moribunda”.

Además, confirma, como decía Sócrates, que Helena entregó a Constantino un trozo de la Vera Cruz y los clavos, que se usaron para el casco y la brida de su caballo, según la autora.

Otros autores que repiten en esencia la misma historia, introduciendo algunas variaciones o añadiendo nuevos detalles, son Teodoreto de Ciro; Paulino de Nola y Epifanio de Constantinopla.

El madero de la cruz, mostrado siete días al año.

Rodríguez añade que “otras fuentes posteriores de reconocimiento nos llevan al siglo VI, cuando la certeza de que Helena había descubierto la Vera Cruz estaba plenamente asimilada”.

Por ejemplo “Teodosio, en `Una topografía de Tierra Santa´, datada no más tarde del año 518, afirma que el descubrimiento de la Cruz de Cristo, encontrado por Helena, se celebraba el 14 de septiembre con servicios religiosos en Jerusalén, y la Cruz era mostrada públicamente durante siete días”.

En resumen, “mientras que los contemporáneos de Helena callaron sobre el hallazgo de la Cruz, a partir de la oratoria de Ambrosio de Milán a finales del siglo IV, se consolidó su leyenda”, argumenta.

Esta leyenda presentaba a Helena como “una mujer piadosa, inspirada por el Espíritu Santo, que destruyó un templo pagano para desenterrar el Sepulcro y la Cruz de Cristo, confirmando su autenticidad mediante un milagro de curación o resurrección, y cuyos restos (los clavos) fueron entregados a su hijo Constantino para ser usados como reliquias protectoras”, puntualiza.

La difusión de esta leyenda fue clave, pues el hallazgo de la Cruz de Cristo por parte de Helena fue el motivo fundamental por el que ella fue venerada hasta ser santificada.
Según la leyenda, Helena dividió la cruz encontrada en varios fragmentos. Uno de los más grandes permaneció en Jerusalén, dentro de la Basílica del Santo Sepulcro, y otro fue enviado a Constantinopla. De estos fragmentos principales se extrajeron astillas y pequeños pedazos que fueron distribuidos entre las principales iglesias del Imperio.
Para Rodríguez “resulta significativo que Eusebio de Cesarea, el principal biógrafo de Constantino y testigo contemporáneo de los hechos documentara exhaustivamente la peregrinación de Helena y la construcción de las basílicas, pero no mencionara explícitamente el hallazgo de la cruz, una grave omisión que sigue generando debate entre los historiadores”.

Un hallazgo que transformó el cristianismo.

El legendario descubrimiento de la Vera Cruz (Lignum Crucis) por parte de Santa Helena en el año 326 d.C. constituyó un acontecimiento de profunda trascendencia que transformó las estructuras doctrinales, litúrgicas y geográficas del cristianismo primitivo, según la autora de ‘Helena, la luz de Roma’.

“Sus consecuencias rebasaron lo religioso para inscribirse decisivamente en la política imperial y en la construcción simbólica del poder medieval, a pesar de que las fuentes contemporáneas a Helena guardaran silencio al respecto”, añade.
Considera que este descubrimiento, que aparece en la literatura cristiana a partir de finales del siglo IV, tuvo profundas repercusiones para la figura de Helena y para el desarrollo posterior del cristianismo y su relación con el poder imperial.
“El hallazgo de la Vera Cruz por Santa Helena transformó al cristianismo desde una religión sin territorios ni santuarios visibles en una fe espacialmente localizada, físicamente verificable, y capaz de atraer a millones de peregrinos”, enfatiza.
“Esta transformación fue un acontecimiento espiritual y también político, arqueológico y cultural, que hizo posible la Tierra Santa como la conocemos hoy, y que estableció patrones de veneración de reliquias que perduran hasta nuestros días” concluye.
Daniel Galilea.
EFE – Reportajes

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