Tamaño de texto-+=
Compartir:
Copia realizada por Rubens (1628-1629) por encargo de la Casa de Alba del cuadro original de Tiziano de ‘Carlos V y su esposa, Isabel de Portugal’ (1548) perdido en un incendio del Alcázar de Madrid (Palacio Real). Carlos V lo había encargado tras la muerte de su esposa, como retrato oficial para que reflejara el poder, la majestad y la armonía de su matrimonio, además de servir como símbolo dinástico y político. Los retratos de los Austrias otorgaban poder y legitimidad a quien los poseyera, de ahí que fuera encargada por la Casa de Alba. Se encuentra en el Palacio de Liria de Madrid.

Hace 500 años, en la noche del 11 de marzo de 1526, Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico contraía matrimonio con Isabel de Portugal en los Reales Alcázares de Sevilla. Lo que había comenzado como una alianza de Estado se convertiría en una unión por amor que marcaría la historia y la gobernanza de su vasto Imperio.

La historia de Carlos e Isabel no comienza en Sevilla, sino en el tablero de ajedrez dinástico diseñado años atrás por sus abuelos, los Reyes Católicos. Isabel y Fernando habían institucionalizado una política matrimonial cuya premisa era tan clara como ambiciosa: cercar a Francia, reforzar alianzas y sumar recursos económicos.

Desde que Carlos de Habsburgo, hijo de la reina Juana I y Felipe el Hermoso —introductor de la dinastía Austria en España—, desembarcara en la Península con apenas 17 años, la figura de su prima hermana Isabel de Avis (hija de Manuel I de Portugal y de su tía María, hermana de Juana), se perfiló como la mejor candidata para desposarse con el joven monarca.

Este enlace no solo unía a las dos grandes coronas ibéricas, sino que aseguraba a Carlos una dote sustancial -nada menos que 900.000 doblas de oro-, vital para financiar su inminente coronación como emperador que implicaba un costoso desplazamiento de parte de la corte a Italia.

Sevilla, escenario de poder

Fue Sevilla, entonces la capital económica del mundo por su comercio con las Indias, el mejor escenario escogido para dotar a esta unión la magnitud que Carlos buscaba y así la capital andaluza se transformó en un fastuoso escenario de poder para recibir a la emperatriz.

Todo estaba preparado para el primer encuentro. Una joven Isabel, de 23 años, hizo su entrada en la capital hispalense el 3 de marzo de 1526 por la Puerta de la Macarena, rodeada de todo un despliegue simbólico destinado a impresionar tanto a la población como a las cortes europeas allí presentes. Un palio de metales preciosos acompañó a la reina mientras las calles, engalanadas con tapices y arquitecturas efímeras, lucían siete arcos triunfales que representaban las virtudes del buen gobernante: prudencia, fortaleza, clemencia, paz, justicia, fe y gloria. Tras orar en la catedral, la reina se dirigió al Alcázar mudéjar donde aguardaría con infinita paciencia la llegada de su esposo, quien acababa de firmar un tratado de paz con Francia, con el que finalizaba el cautiverio del rey francés, Francisco I, preso en Madrid desde la derrota de Pavía. Finalmente el día 10 replicó Carlos idéntica entrada triunfal en Sevilla.

Del flechazo a la boda, el mismo día

La actriz Blanca Suárez en el papel de Isabel de Portugal, junto a Álvaro Cervantes, que dio vida al emperador Carlos V, durante parte del rodaje de la serie de TVE “Carlos Rey Emperador”, en la Alhambra de Granada. EFE/Miguel Ángel Molina

Aunque todavía no se conocían personalmente, Carlos e Isabel ya estaban casados por poderes desde el mes de noviembre anterior, una unión que al tratarse de primos hermanos, necesitó una segunda dispensa papal que validara el vínculo. Sin embargo, el protocolo se desvaneció ante las mismas puertas del Alcázar. Según coinciden las crónicas, Carlos quedó tan impresionado al ver a Isabel que ordenó celebrar la boda esa misma noche y en el mismo palacio donde ambos se alojaban.

A la medianoche, la imponente cúpula semiesférica del Salón de Embajadores, tejida en una intrincada red de geometrías estrelladas fue testigo del enlace. No solo le urgía consumar el matrimonio, a Carlos le apremiaba también el inminente luto por la reciente muerte de su hermana, Isabel, reina de Dinamarca, así como la proximidad de la Semana Santa.

Al día siguiente la solemnidad se trasladó a la Catedral de Sevilla, donde la proclamación oficial y la misa de velaciones ofrecieron el golpe de efecto necesario ante el clero, la nobleza y los embajadores europeos. El emperador presentaba a la esposa no solo como su consorte sino como Reina de Castilla y Aragón, la pieza que completaba su soberanía, todo un reconocimiento que le permitiría asumir el gobierno durante sus frecuentes -y largas- ausencias.

Luna de miel en la Alhambra

El 4 de junio los recién casados llegaron a Granada con la intención de permanecer solo unas semanas, pero una vez instalados en los palacios nazaríes, la amable vida cortesana se fundió con la gestión de Estado prolongando la estancia hasta diciembre, convirtiendo a la Alhambra en el centro de la política europea.

Como gesto de su amor, Carlos ordenó plantar unas semillas persas en los jardines del Mirador de Lindaraja, que pronto lucieron por todas partes: se trataba del famoso clavel español, símbolo de la pasión y de la alegría que Isabel insufló en su solitario e introvertido esposo, ganándose el sobrenombre de “la emperatriz del clavel”. Lo que nació como un gesto privado acabó por germinar también en el alma del pueblo: flor roja de la pasión, de la alegría y de la sangre, latido perpetuo de la tierra andaluza.

Retrato póstumo de la reina Isabel de Portugal pintado por Tiziano. A la muerte de Isabel en 1539, Carlos encarga a Tiziano un retrato de su esposa que el veneciano le entrega en 1545, pero que no agradó del todo al rey quien le pidió que le retocara la nariz. El cuadro se perdió en un incendio del Palacio del Pardo (1604). Museo Nacional del Prado.

Emperador ausente – Emperatriz presente

Pero Isabel nunca fue una simple consorte, sino el apoyo político capaz de gobernar con autoridad los asuntos de un imperio que se extendía por Europa, América y Asia. La confianza absoluta que Carlos depositó en ella revela la solidez de un vínculo que trascendía lo afectivo.

Recordemos que Carlos fue más un rey guerrero en defensa de la Cristiandad que un monarca renacentista como sería su hijo, Felipe; un soberano itinerante, presente allí donde estallara el conflicto, ya fuera diplomático o bélico, movido por la magnitud de su responsabilidad y por la urgencia de su vasto poder.

Su doble legitimidad —esposa del emperador y nieta de los Reyes Católicos— le otorgaba un mando respetado sin fisuras por las Cortes de Castilla y Aragón, algo extraordinario en unos reinos frecuentemente tensionados. Isabel ejercía el poder efectivo en la Península y en las Indias, firmaba poderes, actuando como verdadera reina gobernadora convirtiéndose para sus súbditos en garante de la estabilidad mientras el césar asentaba su autoridad por Europa, luchando contra Francia, Italia, el empuje del protestantismo o frenando el avance turco.

Muerte y abdicación

Sin embargo, el peso del gobierno, la soledad y los sucesivos embarazos y abortos minaron su salud. Entre partos difíciles y bebés muertos al poco de nacer, Isabel fue enfermando y apagándose en eso que entonces llamaban “melancolía”.

En 1539, tras alumbrar en Toledo a su séptimo hijo, nacido muerto, la emperatriz falleció a los 36 años. Carlos no llegó a tiempo para despedirse de su esposa. Profundamente afectado, e incapaz de verla muerta, se retiró durante un mes, al monasterio de Sisla. Aquella había sido la mayor derrota de su vida que le sumió en una melancolía profunda que cambió el rumbo de su reinado. Jamás volvió a casarse y vistió de luto riguroso el resto de su vida.

Impresionante cúpula de madera de media naranja, de formas geométricas del Salón de Embajadores del Alcázar de Sevilla que simboliza el universo estrellado, así como la decoración de yeserías EFE/Raúl Caro

Carlos no solo había perdido a una esposa, sino también el centro de su equilibrio, el único refugio de un hombre serio, profundamente reservado y melancólico, que pese a la autoridad y poder de un imperio donde nunca se ponía el sol, tuvo en la soledad su destino más inexorable. Diecisiete años después, en 1556, el monarca abdicó: cedió la Corona a su hijo Felipe y el Imperio a su hermano Fernando, y se retiró al monasterio de Yuste, donde viviría sus apenas dos años que le quedaban de vida en total recogimiento.

La emperatriz en el lienzo

Cuando Isabel falleció Carlos se dio cuenta de que carecía de un retrato suyo que le agradara y en 1543 encargó uno a Tiziano, el mismo que colocó en su aposento cuando llegó a su retiro de Yuste. El retrato presenta un extraño hieratismo que no debe atribuirse a una idea de distancia, sino que responde a la mirada de una esposa que ya no está; la emperatriz no mira ni al libro de horas ni a al espectador, pero su gesto adquiere una gravedad y dignidad mayestática.

Quiere así el emperador recuperar a Isabel mediante su imagen, que culminaría en el conocido retrato doble de Tiziano (cuadro perdido que se conoce gracias a la copia de Rubens) que reunía ficticiamente al emperador con su esposa ya fallecida para servir como retrato oficial que reflejara el poder y la armonía de su unión imperial. En ambos no se buscaba un retrato fidedigno de la emperatriz, a la que se le había retocado la nariz, sino recuperar el bello rostro de su amada esposa, tal y como él lo guardaba, imperturbable, en su memoria.
Amalia González Manjavacas
EFE REPORTAJES

Compartir: