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Las dosis elevadas de algunos nutrientes no aportan necesariamente más beneficios y pueden provocar efectos adversos. Foto cedida por Malena García

Con la llegada del otoño regresan dos preocupaciones habituales: una mayor caída del cabello y una piel que parece más apagada. La respuesta, sin embargo, no pasa necesariamente por llenar el botiquín de vitaminas, minerales y preparados para “las defensas”.

La estación puede coincidir con determinados cambios biológicos, pero no provoca por sí misma un déficit nutricional generalizado. La doctora Malena García Arredondo explica a EFE las claves sobre la suplementación de cara al otoño, así como todos los factores necesarios para tener en cuenta.

“La pregunta correcta no es ‘¿qué puedo tomar en otoño?’, sino ‘¿qué necesito realmente y por qué?'”, explica la doctora, que subraya que la suplementación puede resultar útil cuando corrige una necesidad concreta, pero no aporta necesariamente un beneficio adicional cuando las reservas del organismo ya son adecuadas.

La especialista recuerda que tampoco existe un “suplemento de otoño” válido para toda la población y que, antes de recurrir a ellos, conviene observar la alimentación, el estilo de vida y determinados síntomas que pueden revelar una carencia o un problema de absorción.
El cabello recuerda lo ocurrido durante el verano.

La caída capilar que aparece al final del verano y durante el otoño tiene, en parte, una explicación biológica. “El cabello presenta cierta estacionalidad y durante el verano aumenta la proporción de folículos que entran en fase de reposo. Esos cabellos se desprenden semanas después, por lo que la pérdida puede hacerse más visible cuando llega el otoño”, desgrana.

Pero la doctora advierte de que no toda caída otoñal debe atribuirse al cambio de estación. “El cabello que se cae hoy puede estar reflejando lo que le sucedió al organismo hace dos o tres meses”, subraya.

“Una infección, un periodo de estrés, una intervención quirúrgica, una dieta restrictiva o una pérdida rápida de peso durante el verano pueden manifestarse posteriormente como efluvio telógeno”, una caída temporal asociada a una alteración del ciclo capilar.

También pueden existir otras causas, como la ferropenia, las alteraciones tiroideas, la menopausia, el posparto o una ingesta insuficiente de proteínas y calorías.

Por eso, ante una caída intensa o mantenida, la recomendación no es comenzar directamente con un complejo de “pelo y uñas”, sino estudiar qué está ocurriendo.

Y una creencia frecuente también tiene explicación: lavar el cabello no provoca su caída. Durante el lavado se desprenden cabellos que ya habían terminado su ciclo y permanecían sueltos dentro del folículo.

Una piel más apagada no significa falta de vitaminas.

La doctora Malena García explica las claves sobre la suplementación en otoño. Foto cedida por Malena García

La piel también cambia con el paso del verano al otoño, aunque no necesariamente porque haya aparecido una carencia nutricional. “Durante los meses cálidos acumula exposición a radiación ultravioleta, calor, cloro, sal y modificaciones en las rutinas de cuidado”, desgrana.

Después llegan temperaturas más bajas, viento, menor humedad ambiental y calefacción, factores que pueden alterar la barrera cutánea. “Cuando la capa superficial está deshidratada y sus células se disponen de manera más irregular, refleja peor la luz y la piel puede percibirse menos luminosa”.

Se trata, explica García Arredondo, “en gran medida” de un fenómeno óptico y relacionado con la barrera cutánea, “no una acumulación de toxinas”.

Por ello, la apariencia más apagada de la piel no debería utilizarse como argumento automático para iniciar una suplementación. La alimentación equilibrada, el descanso y unos cuidados adecuados de la barrera cutánea forman parte de la respuesta antes de plantear la necesidad de un complemento.

Hierro, vitamina D y B12: solo cuando hacen falta.

La suplementación sí puede desempeñar un papel importante cuando existe una deficiencia demostrada o un riesgo razonable de presentarla. En el caso del cabello, la doctora apunta al hierro cuando existe ferropenia, aunque recuerda que tomarlo sin necesitarlo puede provocar estreñimiento, náuseas y dolor abdominal.

La vitamina D también “puede ser necesaria cuando existe déficit o un riesgo elevado, mientras que la vitamina B12 y el folato adquieren especial relevancia en determinadas dietas restrictivas, en un veganismo mal planificado, después de una cirugía bariátrica o ante enfermedades que dificultan su absorción”.

El hierro, la vitamina D, la B12 o el zinc pueden requerir suplementación cuando existe una carencia o riesgo de déficit. Foto cedida por Malena García

 

El zinc puede tener interés “cuando existe una deficiencia demostrada o razonablemente sospechada”, pero tampoco en este caso más cantidad significa mejores resultados. Las dosis elevadas mantenidas pueden reducir la absorción de cobre.

La especialista insiste, además, en una cuestión que puede pasar desapercibida: en ocasiones el problema no es la falta de una vitamina concreta, sino una alimentación globalmente insuficiente.

“El organismo considera el cabello un tejido prescindible para la supervivencia”, explica. Cuando recibe pocas calorías o proteínas, prioriza los órganos vitales y puede interrumpir antes el crecimiento capilar. De ahí que la caída sea frecuente después de dietas muy restrictivas o pérdidas rápidas de peso, incluso cuando la persona está tomando vitaminas.

Biotina y colágeno: dos de los grandes reclamos.

La biotina se ha convertido en uno de los suplementos más asociados al cabello, “pero su déficit verdadero es poco frecuente”. Según García Arredondo, no existe evidencia sólida de que las megadosis mejoren la caída en personas que no presentan una deficiencia.

Además, existe un aspecto menos conocido: “la biotina puede interferir en determinados análisis y generar resultados falsamente normales o anormales”. Entre ellos figuran algunas pruebas tiroideas y hormonales, de vitamina D y determinados marcadores cardíacos.

Por este motivo, la especialista recomienda comunicar al médico y al laboratorio que se está tomando este suplemento antes de realizar determinadas pruebas.

Con el colágeno oral el escenario es diferente. Algunos estudios han observado una mejoría modesta de la hidratación o la elasticidad de la piel, pero la doctora recuerda que el colágeno ingerido no llega directamente desde el intestino hasta la piel.

“Se digiere en aminoácidos y pequeños péptidos, como cualquier otra proteína”, explica. Además, las investigaciones emplean formulaciones diferentes y parte de ellas presenta financiación industrial, por lo que sus resultados deben interpretarse con cautela.

Puede ser un complemento, pero no sustituye una alimentación adecuada ni la fotoprotección.

La vitamina D y el mito del suplemento otoñal.

Si existe un nutriente cuya relación con el cambio de estación resulta especialmente clara es la vitamina D, cuya producción cutánea disminuye al reducirse la radiación solar.

Pero esto “no significa que el organismo experimente un déficit de vitamina D de un día para otro cuando comienza el otoño”. El cuerpo dispone de reservas y los niveles suelen descender progresivamente durante el invierno.

Por eso, la vitamina D tampoco debería utilizarse de manera inespecífica para “subir las defensas”, mejorar el ánimo, iluminar la piel o frenar la caída del cabello cuando no existe una necesidad real.

La edad, la alimentación, la exposición solar y determinados factores de riesgo son algunos de los elementos que deben tenerse en cuenta antes de valorar una suplementación.

Tampoco hay evidencia suficiente para recomendar de manera generalizada complejos multivitamínicos, antioxidantes, probióticos o preparados destinados a “las defensas”.

En el caso de los probióticos, sus efectos dependen de la cepa, la dosis y la indicación clínica, por lo que no todos producen los mismos resultados.

Más importante que ingerir: absorber.

La revisión de la alimentación puede ser especialmente importante cuando existen síntomas persistentes o circunstancias que aumentan el riesgo de déficit. Cansancio continuado, caída capilar intensa, menstruaciones abundantes, pérdida de peso, síntomas digestivos o una dieta restrictiva pueden justificar una valoración profesional.

“Como gastroenteróloga, destacaría que no importa únicamente lo que ingerimos, sino lo que somos capaces de absorber”, apunta García Arredondo. Una persona con enfermedad celíaca, inflamación intestinal, cirugía bariátrica, diarrea crónica o determinados tratamientos puede presentar deficiencias a pesar de mantener una alimentación aparentemente correcta.

Las dosis elevadas de algunos nutrientes no aportan necesariamente más beneficios y pueden provocar efectos adversos. Foto cedida por Malena García

En una caída capilar intensa, la historia clínica puede llevar a valorar parámetros como el hemograma, la ferrit

ina y el metabolismo del hierro, además de la función tiroidea, la vitamina B12, el folato, la vitamina Do el zinc, según las circunstancias de cada persona.
La razón es sencilla: reponer un nutriente sin conocer por qué falta puede solucionar parcialmente el problema, pero dejar intacta su causa.
Cuando “más” puede ser demasiado.

La idea de que una mayor cantidad de vitaminas y minerales equivale a un mayor beneficio también tiene límites. “Más no significa mejor”, resume la especialista.

El exceso mantenido de zinc puede favorecer un déficit de cobre; dosis elevadas de vitamina A y selenio pueden provocar, precisamente, caída del cabello; y algunas vitaminas liposolubles pueden acumularse en el organismo.

Por eso, el otoño puede ser un buen momento para revisar hábitos, alimentación y posibles síntomas, pero no necesariamente para comenzar una colección de suplementos.

El cambio de estación no obliga al organismo a recibir una dosis adicional de vitaminas. La clave está en identificar necesidades concretas y, cuando existan, conocer su origen.

“El otoño no nos obliga a suplementarnos; nos ofrece una oportunidad para escuchar al organismo”, concluye García Arredondo. Una idea que desplaza el foco desde la acumulación de productos hacia una pregunta más sencilla: qué necesita realmente cada persona y por qué.
María Muñoz Rivera.
EFE REPORTAJES

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