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Jensen Huang, CEO de Nvidia. EFE/EPA/YONHAP SOUTH KOREA OUT

Desde los despachos de Silicon Valley hasta los rascacielos tecnológicos de Hangzhou, un selecto círculo maneja los hilos de la tecnología más disruptiva de nuestra era. ¿Quiénes son y cómo operan las figuras que están marcando el compás del mundo?

Inteligencia Artificial. IA. ¿La conocen? Estamos, inevitablemente, en su era. Una era en la que vivimos una anomalía sin precedentes históricos… Y no solo por lo insólito de sus avances.

Sino porque nunca antes, ni cuando la máquina de vapor inauguró la era industrial, ni cuando el tendido eléctrico transformó la vida cotidiana en el siglo XX, ni siquiera en los albores de la propia World Wide Web, el timón del cambio estuvo en manos de una lista tan diminuta de protagonistas.

Porque la carrera hacia la ansiada Inteligencia Artificial General (AGI, por sus siglas en inglés) dista mucho de ser un avance abstracto o una evolución espontánea de la ciencia. Esta carrera tiene nombres y apellidos, fortunas astronómicas, visiones del mundo abiertamente enfrentadas y, cómo no, ambiciones de poder geopolítico.

Y es que, en apenas unos años, este reducido núcleo de científicos de vanguardia, inversores y estrategas ha conseguido acaparar los pilares que sostienen la nueva era: la infraestructura física, los modelos fundacionales y la inmensa capacidad de cómputo que mueve hoy al planeta.

Sam Altman: el arquitecto del nuevo orden.

Sam Altman, CEO de OpenAI. EFE/EPA/RAJAT GUPTA

Si hubiese que ponerle una cara reconocible a la inteligencia artificial generativa a escala planetaria, esa sería la de Sam Altman, quién logró dar un giro de timón a OpenAI convirtiéndola así un proyecto de investigación sin ánimo de lucro, nacido en 2015, en el auténtico buque insignia comercial de la actual ola digital.

El espaldarazo definitivo en el terreno financiero llegó de la mano de una inversión sin precedentes: 6.600 millones de dólares que catapultaron el valor de la firma hasta los 157.000 millones de dólares.

A la par de este descomunal músculo económico, la directora financiera de la compañía, Sarah Friar, explicaba en una reflexión corporativa difundida por la propia firma que el desembarco de ChatGPT desencadenó una “adopción amplia y un uso profundo a una escala que nadie predijo”, colándose de manera definitiva en el trabajo cotidiano, los procesos de decisión y la vida diaria de cientos de millones de personas en todo el mundo.

Elon Musk: el músculo técnico de la revancha

Elon Musk, CEO de SpaceX y xAI. EFE/EPA/GIAN EHRENZELLER

El vínculo de Elon Musk con la inteligencia artificial se mueve en un terreno peculiar: es una combinación de advertencias casi mesiánicas, rivalidad personal y una exhibición abrumadora de poder logístico.

Y es que, aunque figuró entre los fundadores que vieron nacer a OpenAI en 2015 codo a codo con Altman, el magnate dio un portazo en 2018 tras chocar de frente por el control y la deriva comercial del proyecto.

Aquella ruptura no tardó en trasladarse a los tribunales. Musk llevó la disputa a la vía legal al demandar a Altman y a la propia firma por considerar que habían traicionado la misión altruista y sin fines de lucro con la que habían empezado. En paralelo a la batalla judicial, no dudó en plantarle cara en el mercado con su propia compañía: xAI.

Fiel a su costumbre de avanzar derribando obstáculos a base de velocidad y fuerza bruta, Musk demostró de qué es capaz su maquinaria operativa en el verano de 2024. En la localidad de Memphis (Tennessee), su equipo levantó el superordenador Colossus en un plazo insólito: apenas 122 días de trabajo.

Y esta titánica infraestructura le permite entrenar a Grok, el modelo conversacional incorporado a la red social X y que, además, se ha convertido en la piedra angular con la que conectar todo su universo tecnológico, desde los robots humanoides que desarrolla con Tesla hasta la navegación autónoma que diseña para las misiones de SpaceX.

 

 

Liang Wenfeng: el “cisne negro” que estremeció a Wall Street.

 

A comienzos de 2025, el tablero internacional de la tecnología vivió una jugada que nadie veía venir. Los focos de medio mundo se desviaron repentinamente de los focos habituales de California para apuntar a Hangzhou, en China.

El protagonista de este giro de guion se llama Liang Wenfeng, un matemático e ingeniero de 40 años graduado de la Universidad de Zhejiang cuyo perfil rompía con todos los moldes: no se había formado en los pasillos de Silicon Valley ni pertenecía a la guardia pretoriana de gigantes locales como Alibaba o Tencent.

En 2023, Liang decidió fundar DeepSeek. Poco después, el debut de sus modelos de razonamiento avanzado, con el lanzamiento de DeepSeek-R1 a la cabeza, echó por tierra el gran mantra que imperaba en Occidente: la idea de que alumbrar una IA puntera exigía desembolsar miles de millones de dólares en infraestructuras desorbitadas.

Pero detrás de su avance había también una ambición de independencia estratégica. Durante una entrevista concedida a la plataforma especializada 36Kr, el ingeniero chino subrayó que el país asiático debía “hacer una transición gradual hacia ser un contribuyente en la industria de la IA, en lugar de continuar colgado de las espaldas de otros”.

Dario y Daniela Amodei: la disidencia ética.

En medio de una carrera desbocada por ver quién lanza el sistema más potente en el menor tiempo posible, no todas las grandes mentes del sector comulgan con pisar el acelerador a ciegas.

Corría el año 2021 cuando Dario Amodei, por entonces vicepresidente de investigación en OpenAI, decidió hacer las maletas junto a su hermana, Daniela Amodei, y un núcleo clave de investigadores sénior.

Aquella salida del proyecto capitaneado por Sam Altman estuvo motivada por profundas discrepancias éticas sobre los márgenes de seguridad de los algoritmos, una ruptura que desembocó en la fundación de Anthropic.

El propio Dario público en su sitio web personal el ensayo ‘Machines of Loving Grace’, advirtiendo sobre la doble cara de esta tecnología: “Creo que la mayoría de la gente subestima cuán radical podría ser el beneficio de la IA, al igual que creo que la mayoría de la gente subestima cuán graves podrían ser los riesgos”.

Jensen Huang, Mark Zuckerberg y Satya Nadella: los engranajes.

Jensen Huang, CEO de Nvidia. EFE/EPA/YONHAP SOUTH KOREA OUT

Pero, detrás de las promesas del futuro y de los modelos de última generación opera una gigantesca infraestructura material sin la cual ningún algoritmo podría emitir una sola respuesta.

Y el dueño indiscutible de la cúspide de esa pirámide física es Jensen Huang, cofundador y consejero delegado de Nvidia. Prácticamente cada procesador de vanguardia que adquieren Sam Altman, Elon Musk o los grandes centros de datos en Asia depende de su catálogo.
En paralelo, Mark Zuckerberg ha preferido apostar por el modelo abierto. En un manifiesto corporativo titulado ‘Open Source AI Is the Path Forward’, publicado en el portal Meta Newsroom, el líder de Meta defendió la libre circulación algorítmica: “Creo que la IA se desarrollará de forma similar”.

En la orilla opuesta de la estrategia se encuentra Satya Nadella, el consejero delegado de Microsoft. Lejos de regalar sus desarrollos, Nadella blindó el futuro de su compañía a golpe de talonario mediante una alianza estratégica que acumula unos 13.000 millones de dólares invertidos en OpenAI.

Una jugada maestra que le garantizó a su plataforma en la nube, Azure, y a su paquete ofimático Office un canal de distribución privilegiado sobre las herramientas más codiciadas de la era digital.

El futuro en manos privadas.

Que una potencia de cálculo sin precedentes en la historia descanse en la agenda de apenas un puñado de nombres (Altman, Musk, Liang, Amodei, Hassabis, Huang, Zuckerberg y Nadella) plantea una encrucijada que va más allá del ámbito tecnológico.
Y es que lo que en realidad está en juego no es qué compañía lidera las cotizaciones en Wall Street, sino quién calibra los sesgos de pensamiento, bajo qué criterios se trazan los filtros de la censura, qué costes de acceso se impondrán y cuáles serán los estándares que rijan la infraestructura cognitiva del siglo XXI.

Porque, cuando menos de diez figuras acumulan la capacidad material de dictaminar el ritmo, las condiciones y el alcance con el que se distribuye la inteligencia artificial en el mundo, el rumbo de la sociedad civil deja de consensuarse en parlamentos y foros soberanos.
Y así, llegamos a la posibilidad que alimenta debates y conspiraciones: la nueva realidad ya no se legisla, se programa a puerta cerrada en los despachos de quienes dominan el algoritmo.
Por Nora Cifuentes.
EFE / Reportajes.

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