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Como teorizó Mijaíl Bajtín, el disfraz y la parodia funcionan como una pausa en las jerarquías sociales: a un personaje aterrador nadie le exige diplomacia de oficina ni sonrisas forzadas. Foto: Marco Alhelm (Pexels).

Una noche al año, millones de personas dejan a un lado las buenas formas de la oficina para transformarse en criaturas temibles. Pero ¿por qué jugar a ser el malo de la historia se ha convertido en una de las mejores válvulas de escape frente al estrés cotidiano?

El ritual comienza mucho antes de que caiga la noche: frente al espejo, con algo de látex, una base pálida y unas lentillas llamativas, la persona que se maquilla deja atrás su aspecto habitual para transformarse en un ser espeluznante.

No se trata de un actor ni de nadie fuera de lo común. Puede ser un administrativo, una profesora o un informático. Gente corriente que, tras una semana de correos urgentes, compromisos familiares y sonrisas forzadas, siente cómo el cuerpo se relaja a medida que su rostro cambia por completo.

Ajustarse una máscara o unos colmillos postizos no genera culpa, sino alivio. Y es que convertirse por unas horas en el malo de la historia no es solo una moda para consumir o una costumbre infantil que se alarga con la edad. Bajo el disfraz, subyace algo más.

Algo en lo que tanto la psicología como la antropología coinciden: meterse en la piel de un personaje siniestro tiene un efecto liberador.

La metamorfosis frente al espejo borra la identidad cotidiana para dar paso al monstruo, un proceso que, según los expertos en conducta, produce una auténtica catarsis psicológica. Foto: Carlos Misael Cruz López (Pexels).

 

Porque encarnar a un monstruo permite sacar frustraciones guardadas, romper con las presiones de la rutina y soltar el estrés en un entorno seguro y divertido.

El negocio de dar miedo.

Hacerse mayor no significa dejar de disfrazarse, y mucho menos de criaturas aterradoras. Lejos de quedarse en una etapa infantil, el interés de los adultos por transformarse en figuras inquietantes no para de crecer, y los datos lo demuestran.
De acuerdo con las estimaciones de la National Retail Federation (NRF), los consumidores estadounidenses prevén gastar unos 2.000 millones de dólares solo en disfraces para adultos.

La lista de los trajes más buscados derriba el mito de que el público adulto prefiere opciones edulcoradas o amables. Según las cifras de esta patronal comercial de Estados Unidos, entre las preferencias para mayores de 18 años, 5,8 millones de personas prevén vestirse de bruja y 3 millones eligen la figura del vampiro.

Los personajes oscuros y temibles ganan por goleada a las propuestas más inocentes. Al final, no se trata de ponerse una prenda para “verse bien”, sino de romper con la rutina estética de todos los días y probar la sensación de meterse en un papel intimidante.
La ficción como escudo.

 

¿Qué nos lleva a sentir tanta fascinación por personajes que, en el mundo real, nos causarían rechazo o auténtico pánico? Un conocido estudio de los investigadores Rebecca J. Krause y Derek D. Rucker, de la Universidad Northwestern, publicado en la revista Psychological Science, ayuda a entender esta paradoja.

Tras analizar cómo reaccionan miles de personas ante personajes de ficción frente a individuos reales, Krause y Rucker comprobaron que nadie quiere verse reflejado en personas reales con conductas oscuras o inestables, ya que eso choca directamente con la autoestima.

Sin embargo, todo cambia cuando esa maldad pertenece a una historia inventada. Tal como concluyó la doctora Krause, “nuestra investigación sugiere que las historias y los mundos de ficción pueden ofrecer un ‘refugio seguro’ para compararnos con un personaje villano que nos recuerda a nosotros mismos”.

Frente a la idea de buscar un atuendo que favorezca, cada vez más adultos apuestan por personificar arquetipos oscuros y grotescos para quebrar la uniformidad estética del día a día. Foto: Humberto Carvalho (Pexels).

 

Al difundir estos resultados, la Association for Psychological Science (APS) destacó el alivio que supone apagar el miedo al qué dirán. De este modo, la ficción permite asomarse a partes complejas de la personalidad sin poner en duda la propia moral.

Y, en la práctica, el disfraz funciona como la versión física de ese refugio: nos deja jugar con el lado oscuro sin romper las normas de la vida cotidiana. Curiosamente, este hallazgo de la psicología moderna encaja muy bien con las ideas de Carl Gustav Jung.

Así, para el famoso psiquiatra, dentro de cada persona habita “la Sombra” (“the Shadow”), ese rincón del inconsciente donde guardamos los instintos, enfados y temores que la sociedad nos enseña a reprimir.

El célebre aforismo junguiano recuerda que “uno no se ilumina imaginando figuras de luz, sino haciendo consciente la oscuridad”. Por eso, vestirse de monstruo durante una noche no busca hacer daño, sino dejar salir a esa sombra reprimida y quitarle dramatismo a través de un simple juego.

El poder del anonimato.

Dime qué vistes y te diré cómo actúas. En 2012, los psicólogos Hajo Adam y Adam D. Galinsky acuñaron en el Journal of Experimental Social Psychology el concepto de “enclothed cognition”, definido como “la influencia sistemática que la ropa ejerce sobre los procesos psicológicos y las tendencias conductuales de quien la lleva”.

Ambos expertos demostraron en el laboratorio que nuestro comportamiento cambia gracias a dos elementos: el significado que le damos a una prenda y la experiencia física de llevarla puesta.

Al ponerse unas botas militares pesadas, una túnica desgarrada o una máscara fría, la actitud corporal muta de inmediato: el paso se vuelve más lento, la mirada se sostiene con más seguridad y la persona se mueve con un aplomo que rara vez muestra en su jornada habitual.

A este efecto se suma un ingrediente clave: el anonimato. La psicología social lleva décadas estudiando cómo cambia la conducta cuando nadie sabe quiénes somos. Ya en 1976, un conocido experimento de campo liderado por Edward Diener monitorizó en secreto a más de 1.300 niños durante la noche de truco o trato en 27 residencias de Seattle.

El trabajo, publicado en el Journal of Personality and Social Psychology, comprobó que los menores que iban en grupo y ocultaban su rostro bajo disfraces cometían muchas más transgresiones (robando dulces y dinero cuando creían no ser vistos) que aquellos identificados individualmente por su nombre de pila.

Tener la cara cubierta debilita de golpe los frenos sociales y la vergüenza. Y, aunque aquel estudio con niños se fijó en la tentación de llevarse golosinas de más, en los adultos ese mismo anonimato se convierte en un respiro psicológico.

Porque el disfraz de monstruo sirve como escudo frente al juicio ajeno. Al fin y al cabo, a una criatura de ultratumba nadie le exige ser diplomática, obedecer al jefe o mantener una sonrisa por compromiso.

Villanos por una noche.

En el día a día, la mayoría de las personas convive con una larga lista de incertidumbres: llegar a fin de mes, la estabilidad del empleo, los problemas de salud o la presión por encajar.

Disfrazarse de un personaje aterrador permite darle la vuelta a esa dinámica por unas horas: quien suele sentirse vulnerable pasa a jugar, al menos durante una noche, el papel del que manda y asusta.

El doctor Stuart Fischoff, catedrático emérito de psicología de la Universidad Estatal de California en Los Ángeles (CSULA), dedicó gran parte de su carrera a estudiar por qué nos fascinan los monstruos del cine.

En investigaciones como ‘Favorite Movie Monsters and Their Psychological Appeal’, Fischoff y su equipo analizaron cómo estas criaturas encarnan los temores colectivos y los tabúes de la sociedad.

Al ponerse en su piel mediante un disfraz, la persona experimenta una sensación de invulnerabilidad: deja de ser quien sufre las tensiones cotidianas para llevar el control de la escena.

Esta transformación encaja de lleno con lo que los expertos llaman “terror recreativo”. En un estudio del HAUNT Lab publicado en la revista Psychological Science, Mathias Clasen, Coltan Scrivner y su equipo identificaron la existencia de “una relación en forma de U invertida entre el miedo y el disfrute”.

Los científicos comprobaron que existe un punto dulce (“sweet spot”) donde el susto no llega a bloquearnos, sino que genera placer y desahogo emocional. Exponerse al miedo de forma voluntaria dentro de un entorno seguro y divertido ayuda a gestionar mejor la ansiedad y entrena la mente para ser más resistente frente al estrés real.

Por eso, cuando alguien con una máscara siniestra le da un susto inocente a un amigo y la escena termina en carcajadas, el cuerpo responde con precisión química: primero llega una pequeña descarga de adrenalina y, de inmediato, una oleada de dopamina y endorfinas que confirma que todo está bien y deja una reconfortante sensación de alivio.

El despertar tras el carnaval.

Esta necesidad de saltarse las normas durante unas horas no es un invento del cine ni del comercio moderno. Responde a una costumbre mucho más antigua que el filósofo y teórico ruso Mijaíl Bajtín explicó a través de su concepto de lo “carnavalesco”.

Para Bajtín, el carnaval representaba una tregua en el calendario: un paréntesis en el que las jerarquías oficiales, las prohibiciones morales y los protocolos sociales quedaban suspendidos.

Gracias a las máscaras grotescas y a la parodia, la gente común en la Edad Media encontraba una válvula de escape frente a la rigidez de las normas feudales y religiosas. La risa y el disfraz servían para perderle el respeto al miedo.

Meterse hoy en la piel de un monstruo o un villano es el heredero directo de aquellas fiestas populares: una manera de recordar que las reglas de la rutina son convenciones y que la mente agradece, de vez en cuando, una dosis de caos controlado.

Pero, al terminar la noche, llega el momento de volver a la realidad: una esponja retira la sangre falsa, el agua tibia disuelve el látex y los colmillos de plástico vuelven al cajón. Así, al mirarse otra vez en el espejo, reaparece el rostro habitual: las ojeras del trabajo, el cansancio acumulado y el gesto corriente del día a día.

Sin embargo, algo se siente distinto. El enfado con el jefe, la prisa por los plazos de entrega y el desgaste de mantener una compostura perfecta a todas horas se han quedado atrás, consumidos en el juego nocturno.

El monstruo ha cumplido con su cometido: absorber el estrés de la rutina para que la persona pueda volver a la vida real con un poco más de calma. O, al menos, así será hasta la próxima llamada de las sombras. Feliz Halloween.

Por Nora Cifuentes.

EFE / Reportajes.

 

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