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El ‘brunch’ se ha adueñado de las azoteas y terrazas de las ciudades: un ritual dominical donde las generaciones más jóvenes priorizan el encuentro social y la conversación sin prisas. Foto: Cottonbro Studio (Pexels)

Impulsada por el poder visual de redes sociales y convertida en un refugio psicológico contra el estrés urbano, esta tendencia gastronómica se ha coronado como líder indiscutible del ocio diurno contemporáneo.

Cuando el calor sofocante del verano da una tregua y deja paso a la característica luz dorada del otoño, el reloj del domingo parece cambiar de ritmo. Atrás queda la rutina de lunes a viernes y esos cafés bebidos de pie y con prisas antes de ir a trabajar.

En su lugar, millones de personas optan por buscar un sitio en una terraza o junto a un buen ventanal, pedir un capuchino a media mañana bajo el suave sol de esta época y dejar que el tiempo pase.

Es una sobremesa que se estira sin culpa, donde los dulces mañaneros acaban mezclándose con los platos salados del mediodía, borrando por completo la frontera entre el desayuno y el almuerzo: es lo que se conoce como “brunch” (de “breakfast” y “lunch”).

Lo que empezó como una simple curiosidad anglosajona ha evolucionado hasta convertirse hoy en el rey indiscutible del ocio diurno. Y es que el “brunch” es el plan gastronómico favorito de las generaciones que hoy marcan las tendencias del mercado.

Un mercado de casi 90.000 millones.

Antes del primer bocado, la foto para las redes. Para casi el 50 % de los comensales, plataformas como Instagram y TikTok se han convertido en el escaparate donde descubrir un restaurante. Foto: Andrea Piacquadio (Pexels).

Según un informe de inteligencia de mercado publicado por Growth Market Reports, el sector global de los restaurantes de “brunch” crecerá a una tasa anual compuesta (CAGR) del 5,7 % entre 2025 y 2033, fecha en la que se espera que el volumen de negocio mundial se dispare hasta los 87.100 millones de dólares.

¿Qué es lo que alimenta este crecimiento imparable? La forma de vida: habitamos en ciudades cada vez más pobladas, las jornadas de trabajo híbrido nos otorgan cierta flexibilidad y, sobre todo, preferimos invertir nuestro presupuesto de ocio en salir a comer y compartir momentos de desconexión mientras aún es de día.

Quienes están a los mandos de los restaurantes confirman esta época dorada. Un análisis difundido por Performance Foodservice señala que el 80 % de los profesionales de la hostelería cree que la popularidad de las cartas de “brunch” seguirá al alza en los próximos años.

Para los clientes, se trata ya de una necesidad: el mismo documento revela que más de la mitad de los consumidores considera fundamental tener este espacio de fin de semana con familia y amigos, valorando mucho más el disfrutar de la experiencia que la rapidez con la que les sirvan los platos.

Sobre estos nuevos hábitos, la consultora global Mintel dibuja en su informe sobre tendencias de desayuno y “brunch” una línea divisoria muy clara: mientras que de lunes a viernes buscamos la simple conveniencia y algo rápido para salir del paso, el fin de semana exige una experiencia completamente distinta, enfocada en la vida social.
En este sentido, Kelsey Girard, analista principal de Food & Drink en la plataforma, señala la clave del éxito para los negocios hosteleros actuales: deben tener la agilidad suficiente para satisfacer esa búsqueda de rapidez en el día a día y, al mismo tiempo, saber dar respuesta a las visitas del fin de semana, que están motivadas puramente por la experiencia.

 

 

 

El algoritmo del apetito.

Si el “brunch” se ha coronado como el plan social estrella, el motor que ha impulsado su fama internacional brilla a través de nuestros teléfonos. Y es que ninguna otra comida se lleva tan bien con el lenguaje visual de Instagram y TikTok como estos festines de fin de semana.

Basta con mirar el estudio de investigación publicado por la firma de marketing MGH: el 58 % de los usuarios de TikTok ha visitado un restaurante después de verlo en esta red social.

Es más, un 50 % de los usuarios asegura que esta plataforma es el factor determinante a la hora de decidir dónde salir a comer, superando con creces a las clásicas webs de reseñas gastronómicas.

Esta nueva forma de descubrir locales ha cambiado por completo las reglas del juego. Según el informe de hábitos generacionales sobre tendencias de comensales que elabora TouchBistro, el 67 % de la generación Z y el 57 % de los ‘millennials’ acuden directamente a las redes sociales para elegir el restaurante al que irán.

El texto confirma, además, que las guías tradicionales están perdiendo terreno: el 48 % de los jóvenes de la generación Z prefiere buscar opiniones y reseñas directamente en aplicaciones como Instagram y TikTok antes de hacer una reserva o plantearse una visita.

La mesa cosmopolita.

Aunque hoy sean las pantallas las que catapulten su fama, la verdadera filosofía del “brunch” conserva la esencia con la que nació a finales del siglo XIX. Concretamente, hay que viajar a 1895, cuando la revista británica Hunter’s Weekly publicó un texto del escritor Guy Beringer bajo el título “Brunch: A Plea” (“El ‘brunch’: una petición”).

Beringer ideó esta propuesta como un auténtico salvavidas para aquellos que querían alargar la noche del sábado sin sufrir después la losa de las estrictas costumbres del domingo por la mañana, ya que, según él, “el ‘brunch’ primer lugar, hace que levantarse temprano sea no solo innecesario, sino ridículo”.
Además, señaló que “el ‘brunch’ es alegre’, sociable e incitador. Obliga a hablar. Te pone de buen humor, hace que estés satisfecho contigo mismo y con tus semejantes. Barre las preocupaciones y telarañas de la semana”, como parte de las ventajas de esta práctica.

Haciendo gala de un agudo sentido del humor, el autor cerraba su artículo con una posdata que bien podría ser el germen de los brindis de media mañana actuales: “Se admiten la cerveza y el whisky como sustitutos del té y el café”.
Por otro lado, la socióloga Farha Ternikar, profesora en Le Moyne College y responsable de la monografía “Brunch: A History”, explicó durante una conferencia para la sociedad académica Culinary Historians of New York que sentarse a esta mesa es “un ritual repleto de connotaciones sociológicas”.

Ternikar detalla cómo, a lo largo del siglo XX, esta costumbre se convirtió en una herramienta para conquistar el tiempo libre: las familias evitaban cocinar los domingos y la costumbre se alzaba como un símbolo de estatus donde la comodidad, el reposo y una placentera decadencia se ponían por fin al alcance de gran parte de la población.

Hoy en día, esa misma mesa cosmopolita ha viajado mucho más allá de su canon clásico, dominado históricamente por el huevo escalfado con panceta. El menú actual es un auténtico crisol cultural.

Un informe sectorial elaborado por la tecnológica de restauración Toast POS sobre tendencias gastronómicas de “brunch” muestra cómo los recetarios modernos han abrazado sabores de todo el globo.

Así, desde los chilaquiles mexicanos y el menemen turco, hasta los esponjosos suflés japoneses, el okonomiyaki o la shakshuka de Oriente Medio, hay toda una oferta sin fronteras para un consumidor que exige diversidad a la hora de disfrutar de su ansiado descanso festivo.

Un refugio frente a la aceleración.

Estirar la primera comida del día hasta dejar que se mezcle irremediablemente con el almuerzo, esconde mucho más que un simple apetito. Esta práctica se ha erigido como un valioso antídoto contra el estrés crónico que impone el frenético ritmo de las grandes metrópolis.

Los expertos en sociología del trabajo conocen muy bien este bajón anímico, al que se refieren comúnmente como los “Sunday scaries”: esa inconfundible sensación de desasosiego y ansiedad anticipatoria que suele apoderarse de nosotros al caer la tarde del domingo, justo cuando tomamos conciencia de que la rutina laboral acecha de nuevo.

Frente a esta inquietud, disfrutar de un “brunch” sin prisas funciona como un auténtico cortafuegos psicológico, un limbo donde se charla sin la amenaza de un despertador y las terrazas se llenan para exprimir los últimos destellos cálidos del año. Y el fin de semana recupera así su propósito de ser un momento de descanso.

Porque transformar las horas centrales del día en una especie de burbuja temporal parece concedernos un ansiado lujo: el de saborear la comida sin mirar el reloj en un mundo que nos empuja, constantemente, a vivir corriendo.
Por Nora Cifuentes.
EFE / Reportajes.

 

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