En los últimos meses diferentes compañías tecnológicas anunciaron que iban a dejar de vender sus sistemas de reconocimiento facial a algunas entidades públicas. A principios de junio, Amazon prohibió a la policía de EE.UU usar durante un año la tecnología que habían desarrollado en este campo y reclamó que se estableciesen regulaciones estables y fuertes para evitar implicaciones dudosamente éticas en el futuro.

La compañía Amazon, el gigante dirigido por Jeff Bezos, la persona más rica del mundo, no está solo en la decisión de vender sus programas de reconocimiento facial a la policía estadounidense. Arvind Krishna, director ejecutivo de IBM, uno de los principales gigantes tecnológicos, dijo anteriormente que abandonaban el desarrollo de estos sistemas por completo por las implicaciones en materia de privacidad y discriminación.
“Es el momento de iniciar un diálogo nacional sobre si la tecnología de reconocimiento facial debe ser empleada por los organismos encargados de hacer cumplir la ley”, escribió Krishna.
Microsoft siguió los mismos pasos y el 12 de junio aseguró que no entregaría el software de reconocimiento facial a la policía de EE.UU. hasta que no hubiese una “profunda legislación basada en los derechos humanos”.
INSTAURADA EN TODO EL MUNDO.
Según Business Insider, los empleados de Google han pedido por carta al director ejecutivo que emulase a sus compañeros. La idea de las compañías es que se trabaje en una legislación que sirva de entorno seguro para la aplicación de esta tecnología.
Estos sistemas se basan en inteligencia artificial (IA), en la aplicación de algoritmos a imágenes que identifican a una persona tras analizar características biométricas como la forma de la cara, la distancia entre los ojos, el tamaño de la nariz o la boca.
Este tipo de herramientas están presentes con diferentes aplicaciones y finalidades en prácticamente todo el mundo, desde el sistema de desbloqueo de los teléfonos inteligentes más punteros a aplicaciones lúdicas que envejecen la imagen de quien las usa.
China es uno de los países pioneros en su implantación y donde su uso está más generalizado y avanzado.
En el país asiático, en algunos aeropuertos, por ejemplo, hay pantallas en las que, a través de reconocimiento facial, se puede obtener la información del vuelo que uno debe tomar.
En Shanghái, por ejemplo, el metro cuenta con esta tecnología para identificar si hay malhechores entre los viajeros.
Los orígenes de esta tecnología se remontan a los años sesenta, según contó Naveen Joshi, fundador y CEO de Allerin, en la revista Forbes.
Uno de sus fundadores fue Woodrow Wilson Bledsoe, informático y matemático estadounidense, que desarrolló un sistema para clasificar caras usando una cuadrícula. Señala la revista que, en la primera fase experimental, la aplicación pudo “identificar” 40 caras por hora.
ALGUNOS PELIGROS.
Los expertos señalan diversos peligros que en la actualidad pueden traer consigo los sistemas de reconocimiento facial.
Entre otros, desde las inexactitudes en los análisis hasta el robo de datos, pasando por los fraudes de identidad.
Recientes estudios han corroborado que esta tecnología no es 100% infalible.
El diario estadounidense New York Times publicó a finales de junio el relato de un hombre que estuvo 30 horas retenido en un calabozo tras ser identificado erróneamente por un sistema de reconocimiento facial.
Robert Julian-Borchak Williams fue detenido en Detroit por un delito que no cometió.
También han denunciado el sesgo racial de los sistemas de reconocimiento facial.
El año pasado, el Instituto Nacional de Estándares y Tecnología, dependiente del Gobierno estadounidense, publicó que los algoritmos son menos fiables a la hora de reconocer facciones de personas afroamericanas, asiáticas o indígenas.
Especialmente si son mujeres. Esta vertiente parcial puede traducirse en mayores falsos positivos.
El tema del consentimiento es otro de los puntos ciegos del modelo. Que la tecnología se nutra de imágenes que se recopilen sin consentimiento explícito, como pueden ser las de las cámaras de seguridad de circuito cerrado instaladas en la calle o los medios de transporte, genera desconfianza en lo referente a la privacidad.
Este tipo de software trabaja con enormes cantidades de datos que pasan por algoritmos y que se almacenan.
Y, si se almacenan, también pueden ser robados, por eso todo el proceso debe ser muy escrupuloso.
Por otro lado, aunque cada vez sea más complicado, esta tecnología también es aún sensible a los fraudes de identidad que podrían acarrear pérdidas tanto económicas como personales.
Como en casi todo en esta vida, no todo es blanco o negro. Los expertos aseguran que la tecnología en sí no es mala, sino que depende del uso que se le dé.
Por Manuel Noriega.
EFE/REPORTAJES

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