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Secuencia de reconstrucción de la escápula derecha de StW 573. Los fósiles de ‘Little Foot’, tal como existen hoy (izquierda), vistos mediante una tomografía computarizada (centro) y en una reconstrucción hecha reposicionando las piezas (a la derecha). Imagen hecha por Kristian J. Carlson, de la USC.

a investigación del fósil de un primate extinto de la misma familia a la que pertenecen el Homo sapiens, los gorilas y los chimpancés, abre una ventana a un período crucial de la evolución y arroja una nueva luz sobre el misterioso momento en el que los antepasados humanos se separaron de los simios.

‘Little Foot’ (‘Pie Pequeño’) es un australopiteco (Australopithecus) que vivió hace más de 3 millones de años y cuyo esqueleto fósil, extraordinariamente completo, fue encontrado en un sistema de cuevas de  Sterkfontein en Sudáfrica y catalogado con el número de serie Stw 573.

Los científicos lo han apodado de esta manera porque los primeros huesos recuperados de este fósil consistieron en unos pequeños huesos del pie.

Este australopiteco, descubierto en 1994 por el paleoantropólogo Ronald J. Clarke, de la Universidad de Witwatersrand (Wits), la universidad de mayor rango de África, donde estudió Nelson Mandela, es de un género extinto de primates perteneciente a la familia de los homínidos que habitaron en África y que incluye especies vivientes entre las cuales están los seres humanos (Homo sapiens), los orangutanes, los gorilas, los chimpancés y los bonobos.

 

Ahora, un nuevo estudio de la Universidad del Sur de California (USC) en Los Ángeles (EEUU) en que se examinó el conjunto del hombro de ‘Little Foot’, parece haber confirmado el modo en que nuestros antepasados usaban sus brazos, un hallazgo que, a su vez, contribuye a descubrir cuándo los humanos y los simios divergieron evolutivamente.

El ensamblaje del hombro de ‘Little Foot’ resultó clave para interpretar una rama temprana del árbol evolutivo humano.

Para lograrlo los científicos de la Escuela de Medicina Keck de la USC (https://keck.usc.edu) se centraron en la llamada cintura pectoral, que incluye clavícula, omóplato y articulaciones.

“Aunque otras partes del esqueleto fósil del especimen de Sterkfontein, especialmente sus piernas, muestran rasgos humanos para caminar erguido, los componentes de sus hombros son simiescos”,según Kristian J. Carlson, autor principal del estudio y profesor asociado de ciencias anatómicas integrativas clínicas en Keck.

Los investigadores consideran que esos hombros soportaban unos brazos sorprendentemente adecuados para colgarse de las ramas, para usar sus manos por encima de la cabeza y sostener el peso del animal o para trepar y bajar de los árboles, en lugar de ser adecuados para lanzar un proyectil o permanecer colgados a horcajadas sobre el torso, como hacen los humanos.

HUESOS PEQUEÑOS Y GRANDES REVELACIONES.

“El fósil de “Little Foot” proporciona la mejor evidencia conseguida hasta ahora de cómo los antepasados humanos usaban sus brazos hace más de 3 millones de años”, enfatiza Carlson.

“Cuando comparamos el conjunto del hombro de Little Foot con el de los humanos y los de los simios vivos vemos que, probablemente, es un buen modelo del hombro que tenía el antepasado común de los humanos y otros simios africanos como los chimpancés y los gorilas”, señala este investigador.

El fósil de ‘Little Foot’ es un espécimen raro porque es un esqueleto casi completo de un individuo de Australopithecus mucho más viejo que la mayoría de los otros ancestros humanos, según la USC.

Esa criatura, probablemente una hembra mayor, medía alrededor de 1,20 metros (4 pies) de altura y tenía unas patas largas adecuadas para el movimiento bípedo cuando vivió hace unos 3,67 millones de años.

Los investigadores han pasado años excavándolo de su encapsulado de roca y sometiéndolo a análisis de alta tecnología.

Cráneo de “Litte Foot” (StW 573) en 2015. Foto de University of the Witwatersrand, Wits (Sudáfrica), bajo licencia CC BY 4.0.

Aunque no es tan conocido como el esqueleto de ‘Lucy’, otro individuo de Australopithecus desenterrado en África Oriental en la década de 1970, Carlson señala que ‘Little Foot’ “es más viejo y completo, y algunas partes de su anatomía están más intactas”.

Los huesos de los hombros proporcionan pistas reveladoras de cómo se mueve un animal y, a lo largo de la evolución humana,  debieron cambiar de forma antes de que nuestros antepasados ​​pudieran vivir fuera de los árboles, caminar por la sabana abierta y usar sus brazos para funciones distintas de las soportar el peso del individuo.

Los científicos de la USC compararon las partes y estructura del hombro de ‘Pequeño Pie’ con las de simios actuales, homínidos y humanos, descubriendo que estaba adaptada a vivir en los árboles.

Deducen de sus investigaciones que las similitudes estructurales entre el hombro de los humanos y de los simios africanos son mucho máscercanas a nuestros días de lo que se creía hasta ahora.

¿UNA TRANSICIÓN ENTRE SIMIOS Y HUMANOS?.

“´Little Foot` proporciona una evidencia de que el brazo de nuestros antepasados ​​hace unos 3,67 millones de años aún se usaba para soportar un peso sustancial durante los movimientos arbóreos y que su hombro podría ser un buen modelo del hombro del ancestro común de los humanos y los chimpancés, que vivió millones de años antes”, según Carlson.

“Sabemos que “Little Foot” era bípedo, con lo cual se parece mucho más a los humanos que a otros simios vivos”, explica el profesor Carlson a EFE.

Sin embargo señala que aún desconocen la forma del torso ó tórax de “Little Foot”, es decir se ignora si tiene forma de embudo (invertida) como los simios vivos o forma de barril como en los humanos.

En todo caso, “la totalidad de ‘Little Foot’ es indudablemente diferente a la totalidad de cualquier simio vivo actual y también de los seres humanos, ya que los primeros ancestros humanos tenían su propia combinación única de adaptaciones morfológicas, probablemente reflejando diferentes combinaciones de comportamientos”, señala a EFE.

En opinión de los investigadores, “Little Foot” y los primeros antepasados humanos no eran exactamente como ningún simio vivo, incluidos los humanos, en su morfología y, por lo tanto, en su comportamiento (por ejemplo, arboricultura y terrestre).

“Estos antepasados humanos tenían una combinación diferente de adaptaciones que subrayaban su singularidad en comparación con los parientes vivos”, concluye Carlson.

Por Omar Goncebat.

Reportaje/Imágenes: EFE.

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