Un investigador con dos de las ranas

Su piel es dorada con manchas negras, llegan a medir hasta 55 milímetros y pesar hasta 7 gramos: es la rana dorada de Panamá, una especie endémica de este país centroamericano del que es símbolo nacional y donde hace más de una década no se le ve en su hábitat natural. Un proyecto busca preservar a estos batracios.

Hasta ahora se le puede encontrar en las instalaciones del Proyecto de Rescate y Conservación de Anfibios de Panamá (PARC, por sus siglas en inglés) que administra el Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales (STRI, por sus siglas en inglés) en unas instalaciones en Gamboa, una selva tropical aledaña a la capital panameña.

El PARC se desarrolla en varios países del mundo. En Panamá involucra el estudio y conservación de cinco especies Atelopus, incluida la rana dorada (Atelopus zeteki), mediante un programa de reproducción en cautiverio y tiene entre sus objetivos la eventual reintroducción en el hábitat natural y el restablecimiento de poblaciones silvestres en el país.

EL DESTRUCTIVO HONGO.

El proyecto llevó a un número de individuos al centro de cría en Panamá entre el 2008 y el 2010, mientras arrasaba con el hábitat de las ranas el hongo quítrido (Batrachochytrium dendrobatidis), que afecta la piel de más de 700 especies de anfibios y ha provocado el declive de poblaciones en todo el mundo. La extinción de casi 200 especies se atribuye a este organismo.

El Batrachochytrium dendrobatidis se mueve a través del agua y llegó a Panamá a principios de la década de 1990 gracias a la intervención “indirecta” del ser humano, según las investigaciones del proyecto.

“El hongo se ha ido moviendo desde el oeste hacia el este de Panamá (…) y en 2014 ya llegó a Darién”, la selva fronteriza con Colombia”, dijo a Efe el doctor Roberto Ibáñez, el director nacional del PARC.

Tomó varios años dominar cómo criar con éxito estas ranas en cautiverio, pero ya para el 2017 el número de individuos reproducidos bajo esa condición seguía en aumento y comenzaron los ensayos para devolverlos a su hábitat, ha explicado el investigador.

Se han creado mapas que identifican las regiones más apropiadas para la supervivencia de las ranas, y ya se han realizado liberaciones de prueba que han permitido experimentar con distintos métodos de reintroducción y de monitoreo post-liberación.

Medio millar de ranas arlequín variable -uno de los parientes más cercanos de la rana dorada- criadas en cautiverio fueron liberadas en una zona del Caribe panameño para “aprender cómo les va en la naturaleza y lo que tenemos que hacer para aumentar sus posibilidades de supervivencia en lugares donde podamos monitorearlas de cerca”, dijo en enero de 2018 el investigador del Smithsonian Brian Gratwicke.

Meses antes, 16 ejemplares de la arlequín variable con minitransistores fueron liberados en la Reserva Valle del Mamoní, un bosque primario situado en la comarca Guna Yala. La idea era que los investigadores pudieran observar las diferencias en la supervivencia y la persistencia entre los dos grupos.

MONITOREANDO RANAS.

Los científicos aseguran que aunque difícil de hacer, el monitoreo después de la liberación de las ranas ha permitido conocer qué otras amenazas enfrentan en la naturaleza, en qué etapa del desarrollo es más conveniente liberarlas para su supervivencia, o si logran recuperar la toxicidad natural que pierden en cautiverio.

Entre los descubrimientos hechos en el marco de este proyecto está que algunas poblaciones de anfibios han desarrollado secreciones de piel que resisten el hongo quítrido.

Así, las ranas con este rasgo evolutivo podrían introducirse en hábitats donde existe el hongo, o también se podrían criar individuos resistentes a este, algo que aún es un objetivo muy lejano.

Y los beneficios no serían solo para las ranas. Investigaciones del STRI y el Servicios de Alta Tecnología (Indicasat AIP) indican que las bacterias que anidan en la piel de ranas y anfibios mermados por el hongo quítrido han hecho que otros batracios resistan la epidemia y podrían ayudar a combatir infecciones por hongos en seres humanos.

El doctor Roberto Ibáñez del STRI ha explicado “esta investigación ha identificado un compuesto antifúngico producido por la bacteria de la piel de rana, que se puede usar para controlar los hongos patógenos que afectan a los humanos y los anfibios”, aunque se “requerirá más investigación para determinar su uso medicinal potencial”.

Otra arista de esta investigación es el uso de la crioconservación de tejidos y esperma de las Atelopus panameñas, que permitiría incorporar eventualmente la reproducción asistida entre las estrategias para salvar a las ranas de Panamá.

La encargada del área de crioconservación en el laboratorio de Gamboa, la doctora Gina Della Togna, ha explicado a Efe el delicado proceso para congelar los espermatozoides.

“Para llegar a poner el esperma a temperaturas muy bajas primero hay que colectarlo, y para esto hay que tener un protocolo hormonal. Luego hay que ver cómo aumenta la cantidad de supervivencia tras el congelamiento, ya que este proceso mata al 50 % de una muestra de un millón de individuos”, dijo la investigadora asociada del Smithsonian.

Hasta ahora solo se han podido congelar espermatozoides, pues los huevos y embriones tienen “un alto contenido de agua y es muy difícil que puedan hacer su efecto las sustancias que tienen agentes crioprotectores”, que son las que provocan que se forme hielo, explicó la científica. Reportaje e imágenes: Efe

Por: Giovanna Ferullo M.

 

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Vista de una rana dorada
Vista de ranas doradas en el centro de investigaciones del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales
Una de las ranas doradas en el centro de investigaciones del Instituto Smithsonian

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