La Exposición “Moda y Modistas” representa un homenaje a tantas y tantas mujeres que en el siglo XX optaron por compaginar su vida dentro del hogar con un trabajo que requería destreza, conocimientos y aplicación y aportar así un dinero extra a la familia.

Fue la primera emancipación laboral de aquellas mujeres que consiguieron su espacio propio en talleres, casas de costura o en su propio hogar, que generaron muchos beneficios en la industria textil y que han permanecido siempre en el más  absoluto anonimato, más allá de la memoria familiar oral o del recuerdo de sus clientas que, con los años, se extinguió. Como ellas mismas. El Museo de Historia de Cataluña (MHC) ubicado en Barcelona expone dos centenares de vestidos de la Fundación Antoni de Montpalau confeccionados en el siglo pasado, en el que se diferencian tres tipos de modistas, según la manera en que se confeccionaban los trajes. Y es que no era igual un sencillo y económico vestido de modista sin autoría-, el que pedían las clases populares-, que un traje de alta costura, con diseños exclusivos y precios muy elevados, como exigía la alta burguesía barcelonesa para sus fiestas en el Teatro Liceo o sus reuniones de la alta sociedad. La moda del “prêt-à-porter”, que invadió el mundo a partir de los años sesenta y setenta, con una confección en serie y mucho más barata, aunque no arrinconó a las modistas, sí que las desplazó a la parte interior de las nuevas boutiques para servirse de ellas, tan sólo como costureras, en los arreglos de los modelos a la clientela. Con la proliferación de estas tiendas de moda, las modistas más espabiladas abrieron su propio negocio  y hubo una selección natural,  en las que perdieron el trabajo las menos avezadas.

EN BUSCA DE UN ESPACIO PROPIO

Sin embargo, durante el siglo XX, las modistas consiguieron su espacio propio, mucho más fácilmente que si hubieran optado por las carreras meramente femeninas de la época, como maestra, secretaria o bibliotecaria, que requerían más estudios. Pudieron salir de la fábrica, un  trabajo precario y que suponían un gran esfuerzo físico. Así, con unos simples manuales de corte y confección, las mujeres podían esbozar sus propios vestidos o, sin tener que ir a la escuela, trabajar como aprendizas en un taller y aprender el oficio y, en un tercer nivel, establecerse por cuenta propia, aunque fuera en su propia casa. También se abrieron academias, donde impartían enseñanzas las propias creadoras de los llamados “sistemas de corte y confección”, entre los que destacaron los  sistemas de Carmen Ruiz, profesor y modista; el de Felicidad Duce y el de Carmen Martí de Misé, conocido como el “sistema Martí”, el más exitoso, quien fundó un instituto, vigente en la actualidad, con numerosas sucursales en varias ciudades españolas.

OFICIO EN EXPANSIÓN

Las trabajadoras de la aguja tuvieron su apogeo durante  más  de sesenta años, hasta la llegada del “prêt-à-porter” y no sólo en las grandes ciudades, sino en las capitales de  provincia y en los pequeños pueblos. Allí se surtían de telas, botones y detalles para sus confecciones, que hacían crecer las ventas en las tiendas de tejidos y en las numerosas mercerías. No en vano, la elección de la textura del vestido y sus detalles, al margen del patrón y su estilo, era un bien muy apreciado por la clientela. En esos momentos, el oficio de modista contaba con muchas categorías. Empezando por la portera del edificio, que hacía sencillos vestidos o arreglos para la clase más humilde, quienes trabajaban en los domicilios  de sus clientas o en sus propios talleres, pero no ponían sus nombres en las prendas,  porque no era costumbre en su clase social. Surgieron entonces las clientas que pagaban uno o dos vestidos de alta costura por temporada, con nombre propio, como Pedro Rodríguez, Balenciaga, Asunción Bastida o Carmen Mir. Pero seguían encargando también vestidos a su modistas de siempre, grandes profesionales también, que añadían la palabra “costura” en sus vestidos, para saber que contaban con cierto “nivel”. De este modo la sociedad barcelonesa equilibraba el coste de su vestuario.

BALENCIAGA DICE NO

A partir de los años 20, las modistas de “costura” tenían amplios talleres con numeroso  personal en su casa, asistían a los desfiles de París para estar a la última y empezó a gestarse el embrión de  los Salones de Moda. Esto lo inició la modista Anita Amorós como un precedente de la alta costura                                                                                                                                                                       homologada, que alcanzó su cénit  en 1940, con la creación de la Cooperativa de la Alta Costura Española, con Pedro Rodríguez, Bastida y Pertegaz, Santa Eulalia, la Física, Novación y el Dique Flotante, Carmen Mir y Pedro Rovira. El maestro Balenciaga dijo no a esta iniciativa, ya que había abierto un salón en París y su éxito sobrepasaba su propia frontera. Con este “boom” de la alta costura, en estos talleres trabajaban centenares de modistas en calidad de aprendizas, medio oficialas y encargadas. También se daba trabajo a las llamadas pasantes o pieceras. Cuando terminaban su jornada laboral, muchas modistas se llevaban aún trabajo a su casa. Era un no parar.

UN RECORRIDO POR LA MODA DEL SIGLO XX

En esta exposición, a partir del trabajo anónimo de las modistas, se puede  recorrer toda la moda del siglo XX , en una época en que Paris, Milán y Barcelona dictaban las tendencias. Eran miles las modistas en los talleres que generaban ingresos para las grandes casas de costura, al comprarles patrones y glasillas; para los talleres de bordado y plisado y, aunque no fuera un oficio muy buen pagado, iban transmitiendo su saber de generación en generación  hasta la actualidad. Algunas asociaciones  velaron por sus derechos, como el Sindicato Barcelonés de la Aguja (1909), o el instituto de Cultura y Biblioteca Popular de la Mujer (1909), para enseñar el oficio de modista y otras profesiones como idiomas, dactilografía, música, arte, delineación o comercio y también hay que mencional al Patronato de las Obreras de la Aguja (1910).

DE LA MODISTA A LA JOVEN CREADORA DE PROXIMIDAD

En la actualidad, el legado de aquellas generaciones pioneras de modistas sigue fluyendo, aunque en menor escala, pero no se limitan tan sólo a transformar dobladillos o arreglos de vestidos, sino que trabajan para grandes talleres de confecciones que distribuyen su ropa en todo el mundo, como  Inditex o Mango. Aunque se fabriquen en diversos países del mundo, los patrones y  prototipos se realizan desde España y dan trabajo a un sector muy numeroso de la población. También ha surgido la figura de las jóvenes creadoras, que diseñan producciones  artesanales y limitadas en su país de origen,  opuestas a la producción industrial a gran escala y a  la explotación laboral en países como China, India, Bangladesh o Turquía. Aunque, lógicamente, la ropa artesanal de proximidad encarece el precio. Reportaje/Imágenes: Efe

Por: Nana de Juan

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