Aspecto del escenario en el que Ennio Morricone dio el concierto, en Madrid

Conquista, venganza, expiación, ternura… El genio de la composición fílmica Ennio Morricone ha trasladado a su primer y casi último concierto en Madrid 60 años de emociones, estremeciendo vellos y oídos que respondían visceralmente a historias tan inmortales como las partituras que las hicieron volar.

El afamado compositor, que vive como “una bendición” poder dirigir aún sus conciertos a los 90 años, ha congregado así a más de 10,000 personas a su cita en el WiZink Center, muchos jóvenes imberbes cuando sus primeras películas se estrenaron y que agotaron en cuestión de horas todas las entradas, tanto de esta velada como de la que tendrá lugar mañana como parte de su última gira mundial. La ocasión lo requería. Más de 700,000 personas han disfrutado ya de este repaso por su carrera, grande y mágico como lo es la historia del cine, con una orquesta y coro de 200 personas y la portuguesa Dulce Pontes como artista invitada. Nacido en Roma en 1928, Morricone se inició en la música estudiando trompeta, el instrumento que tocaba su padre, y esos vientos del sur que soplaron en sus míticas producciones se han hecho muy presentes esta noche entre tubas, oboes y fliscornos, tan cerca de los escenarios donde se rodaron algunas de las escenas que le inspiraron. Tras más de 400 piezas, a Morricone lo adornan dos Oscar, tres Grammy, cuatro Globos de Oro y un León de Oro honorífico, además de 27 discos de oro, siete de platino y el honor de haber trabajado con realizadores tan dispares y afamados como sus películas: Bernardo Bertolucci, Gioseppe Tornatore, Oliver Stone, Terrence Malick, Quentin Tarantino, Brian de Palma o Pedro Almodóvar. A casi todos ellos los ha recuperado en un espectáculo de dos horas y media en el que han sonado más de veinte composiciones sin las imágenes que las acompañaron, solo primeros planos de los músicos, para qué más. “No caí en el equívoco del cine convertido en una sala de baile”, reivindicaba recientemente el autor, que creó su música pensando en las historias y así obró resultados evocadores. La estrella ha hecho acto de presencia a paso lento, y con un leve ademán de timidez respondió al homenaje del público. Así ha dado comienzo la música, para virar de la incertidumbre de “Los intocables de Eliot Ness” a la esperanza evocadora de “The Dreams will go on”, con los violines como protagonistas y un momento para el estupor cuando el multitudinario Coro Talía se ha puesto en pie. La tenacidad y a la vez sencillez que representa al pueblo en “Novecento” ha despertado aplausos de la concurrencia, antes de hacer su pequeño guiño a España con el “¡Átame!” de Almodóvar, tremendamente delicado en su pasaje inicial por el toque grácil del xilófono. Al “¡Bravo!” que se ha escapado de entre el público, el maestro ha replicado con una mueca entre la sonrisa de satisfacción y de complacencia, su enjuta y aparentemente frágil figura aferrada al atril, fuerte, sin embargo, en su proyección sobre este enorme recinto.
Su salto al cine (en 1961 de la mano de “El federal” de Luciano Salce) empezó a brillar cuando se alió con el padre del “spaguetti western”, Sergio Leone, ayudando a revalorizar un cine impregnado de los aires de su infancia que trascendía la etiqueta de “serie B” y rebosaba originalidad. A él ha dedicado uno de los segmentos más destacados, las manos cerradas en un puño cuando la armónica ha irrumpido ominosa con “La muerte tenía un precio” y el duelo final entre Charles Bronson y Henry Fonda, también cuando de “El bueno, el feo y el malo” han sonado “The fortress”, la apoteosis del corte titular o la mítica “The ecstasy of gold”, convertida por Metallica en un símbolo. Con los asistentes en pie ha llegado el receso de veinte minutos y, tras él, una breve mirada a “Los odiosos ocho”, el filme por el que consiguió su primer premio de la Academia de Hollywood… a los 87 años de edad, tras una trayectoria impregnada de Bach y Stravinski. Difícil evitar el estremecimiento corporal cuando Dulce Pontes ha entonado “La luz prodigiosa” o “Sostiene Pereira”, esta con el influjo mágico y tribal de la guitarra y las claves, dentro de una selección que ha incluido filmes como “Corazones de hierro” o “Queimada”, con una enorme interpretación de “Aboliçao”. El final, de altura épica, casi mística, ha llegado con “Cinema paradiso” y, antes, con “La misión”, concretamente con la emblemática “Gabriel’s Oboe”, con “Falls” y con la colosal “On Earth as it is in Heaven”, conscientes todos de que Morricone es el auténtico Eldorado de la composición musical, mágico, mítico e inmortal. Reportaje/Imágenes: Efe

Por: Javier Herrero.

Ennio Morricone, durante el concierto ofrecido en el WiZink Center de Madrid
El compositor y director de orquesta italiano Ennio Morricone

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