El verano es corto en Rusia. La nieve no se derrite hasta finales de abril y en octubre ya puede estar de vuelta. Por eso cuando el sol y el buen tiempo llegan a estas tierras, los rusos aprovechan cada minuto libre para salir a la calle.

En Moscú, para enfado de muchos, este verano pasear por el casco histórico de la ciudad ha sido una tarea casi imposible. El centro de la capital rusa es un laberinto de vallas, una carrera de obstáculos con miles de pilas de baldosas para pavimentar aceras, kilómetros de zanjas para soterrar el cableado urbano, alcantarillas levantadas y maquinaria de obras. En los últimos tres años, desde que llega la primavera y hasta que caen los primeros copos de nieve, Moscú se convierte en el escenario habitado de la remodelación urbanística más ambiciosa y de mayor envergadura en más de medio siglo. Algo tan grande sólo se vio en los años de la posguerra, cuando la ciudad se abría a una nueva etapa de modernidad y debía curar las heridas dejadas por los bombardeos nazis.

PREPARÁNDOSE PARA EL MUNDIAL DE FUTBOL

Moscú se prepara para el Mundial de futbol que organizará Rusia el próximo año. Es la única de las once ciudades sedes que aportará dos estadios a la competición. El legendario Luzhnikí, que acogerá el partido inaugural y la gran final, ha superado una espectacular remodelación que lo convertirá en un estadio con la máxima calificación de la UEFA. Y para el Spartak, el equipo más laureado de Rusia, se ha construido un campo totalmente nuevo, inaugurado hace menos de tres años y que será también sede del Mundial. Pero todo parece poco en esta Moscú del siglo XXI. Para los otros dos grandes equipos de la capital también se han levantado nuevos recintos. El CSKA juega en el suyo desde el año pasado, y el Dínamo lo hará a partir de este otoño. Alrededor del casco histórico de Moscú discurre una circunvalación de casi 16 kilómetros que nació hace más de 400 años como una muralla para defender la ciudad, y que hace dos siglos se reconvirtió en una calle circular, primero empedrada y décadas más tarde asfaltada. Con el tiempo, perdió todos los bulevares verdes creados en su trazada a comienzos del siglo XIX y que le dieron el nombre por el que se conoce desde entonces: el Anillo de los Jardines. Poco antes de la Segunda Guerra Mundial se imponía ampliar los carriles para el tráfico rodado y tirar el cableado para el trolebús. Ochenta años después Moscú se ahoga en atascos y el Anillo de los Jardines es una de las calles más congestionadas de la ciudad. Nombrado en 2010 por el presidente Vladimir Putin con el objetivo de resolver el problema, el alcalde de Moscú, Serguéi Sobianin, se ha propuesto expulsar al coche del corazón de la capital.

EL 80% DE LA ECONOMÍA PASA POR MOSCÚ

Sobianin quiere devolver los árboles al Anillo de los Jardines, entre otras muchas iniciativas para reverdecer una megápolis con más de doce millones de habitantes. A la zaga de las grandes ciudades europeas, aunque con mucho retraso, Moscú ha puesto parquímetros en todo el centro, creado carriles exclusivos para el transporte público, peatonalizado kilómetros de calles y ahora se ha decidido por ampliar las aceras en la gran circunvalación que rodea el casco viejo. En uno de los tramos de ese anillo, la calzada ha perdido casi la mitad de sus dieciséis carriles para el tráfico. El asfalto de las aceras, un anacronismo muy extendido en este país, fue sustituido por baldosas de piedra. Y los carriles bici ganan terreno en toda la ciudad. Las cifras de la gran remodelación son espectaculares. En 2015 se reconstruyeron 47 calles y el año pasado, otras 61, incluidas algunas de las grandes arterias como la Tverskaya, que es a Moscú como la Quinta Avenida para Nueva York. En todas ellas las comunicaciones subterráneas fueron renovadas, los cableados soterrados y las acercas pavimentadas con baldosas. Se plantaron miles de árboles y arbustos. La ciudad floreció con flamantes jardineras, bancos y farolas de aspecto tradicional y moderno, e incluso hamacas en los numerosos y rehabilitados paseos fluviales del río Moscova. Con el Mundial a la vuelta de la esquina, el Ayuntamiento no ha dudado en poner a prueba la paciencia de los moscovitas: 60,000 obreros y 11,000 unidades de maquinaria trabajan en la reconstrucción de 82 calles, doce paseos fluviales y medio centenar de parques. Quién diría que Rusia, recién recuperada de una recesión de casi tres años, apenas ha empezado a superar una dura crisis económica. La capital del país -por la que según algunos cálculos pasa el 80 por ciento de todo el dinero que genera la economía- vive ajena a esas penurias, al menos en lo que se refiere a su imparable desarrollo. La Audiencia de Cuentas de Moscú ha estimado en 126,000 millones de rublos (más de 2,150 millones de dólares al cambio de agosto) sólo el presupuesto de la remodelación de calles para el cuatrienio 2015-2018.

EL BUEN CASERO

Algo así como tres veces el presupuesto anual de toda una región de Rusia central (por ejemplo la de la vecina Riazán), pero muy alejada del total de los recursos con los que cuenta la capital rusa: 160,000 millones de rublos o 27,350 millones de dólares al año. Se dice que en el resto de Rusia no le tienen demasiado cariño a los moscovitas, a los que según las malas lenguas “les sale el dinero hasta por las orejas”. El Kremlin, añaden, agasaja a la capital para tenerla contenta y callada, con la tripa y la boca bien llenas. Recuerdan que las grandes obras, que no se limitan ni mucho menos a la renovación de las calles, empezaron poco después de las multitudinarias protestas contra Putin en 2012.

Moscú tiene sueldos y pensiones que, como poco, triplican a los de algunas provincias. Todos los años se construyen decenas de nuevos parques, se reforman decenas de otros que ya existían, se inauguran kilómetros de nuevos tramos de metro, entre otras muchas inversiones que, seguramente, han puesto esta ciudad a la altura de otras grandes urbes mundiales. A la pregunta sobre cuándo terminarán las obras, el teniente de alcalde de Moscú, Piotr Biriukov, respondió que “nunca, porque un buen casero siempre debe hacer arreglos”. Los moscovitas, lejos de dar saltos de alegría, aprietan los dientes y se resignan a seguir tragando polvo siempre que llega el verano. Pero puede que, como dicen algunos, lo que pasa es que están muy malacostumbrados. Reportaje/Imágenes: Efe

Por: Arturo Escarda

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