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La Ruta de los Monasterios constituye uno de los principales conjuntos monumentales de Portugal y uno de sus más destacados atractivos turísticos, dado el interés artístico e histórico que presenta. La componen los monasterios de Santa Maria de Alcobaça, Santa Maria da Vitória de Batalha y el Convento de Cristo de Tomar, todos declarados Patrimonio de la Humanidad.

Situado en la localidad del mismo nombre, fue fundado por el rey Afonso Henriques tras arrebatar la ciudad de Santarem a los árabes; confió su construcción a los monjes del Císter y, si bien la fecha de fundación data de 1153, las obras no comenzaron hasta 1178.
Dada la época, se inició en estilo gótico, aunque las restauraciones llevadas a cabo en los siglos XVII y XVIII sustituyeron muchos de los elementos originales por otros barrocos, como puede apreciarse en la fachada, en la que sólo perduran el rosetón y el sencillo pórtico primitivo.

No obstante, basta con franquear el umbral y adentramos en la gran nave central (sus 106 m de longitud la convierten en la iglesia más grande de Portugal) para reencontrar la pureza del gótico original. A ambos lados del crucero se sitúan las urnas funerarias de Dona Inês de Castro y de Dom Pedro, consideradas obras cumbre del arte funerario portugués, seriamente dañadas durante el saqueo de las tropas francesas en 1811.

El príncipe Dom Pedro, hijo del rey Afonso IV, aunque casado con la princesa Constanza, estaba enamorado de una de sus damas de honor, la gallega Dona Inês de Castro; al morir su esposa y temerosos de la influencia española que se podía derivar de sus relaciones con la gallega, los nobles de la Corte presionaron al rey Afonso quien, en 1355 ordenó la muerte de Dona Inês, que sólo contaba 35 años. Cuando Dom Pedro accedió al trono, detuvo y ejecutó a los asesinos de su amada, mandó exhumar a Dona Inês y la coronó reina de Portugal, obligando a toda la Corte a besar su mano corrupta como muestra de sumisión.

Para reflexionar sobre la desdichada historia de los ilustres amantes nada mejor que adentrarse en la atmósfera de recogimiento del Claustro do Silencio, un sobrio espacio de dos cuerpos construidos entre los siglos XIV y XVI, y que contrasta con los espacios donde los monjes llevaban a cabo sus actividades más domésticas, especialmente la cocina, en la que cuesta poco imaginar la frenética actividad de ejércitos de monjes desenvolviéndose entre montañas de comida.

A destacar, por sus dimensiones, la impresionante chimenea y, como muestra de refinamiento, el canal que se construyó para traer desde uno de los ríos vecinos, no sólo agua corriente, sino pescado fresco.

MONASTERIO DE BATALHA.

El monasterio de Santa Maria da Vitória fue fundado por João I para conmemorar el triunfo en la batalla de Aljubarrota, y se inició en el siglo XIV, aunque no estuvo terminado hasta el siglo XVI, por lo que durante su construcción se fueron sucediendo distintos estilos artísticos; iniciado en estilo gótico, derivó hacia el gótico flamígero para acabar en estilo manuelino, siendo, junto con el monasterio de los Jerónimos de Lisboa, la obra cumbre del manuelino portugués.

El pórtico, labrado en el mejor de los góticos, nos introduce en la nave central, magnífica, pese a no alcanzar las dimensiones de la de Alcobaça, a cuya derecha se localiza la Capilla del Fundador, donde están enterrados el rey Juan I, su esposa y sus cuatro hijos, entre ellos Enrique el Navegante.

Si en Alcobaça encontrábamos un claustro, en Batalha hay dos, el Real y el de Dom Afonso V; si el Claustro de Afonso V, de estilo gótico y envuelto en una atmósfera de espiritualidad, destaca por su sencillez, el Claustro Real rebosa espectacularidad por la profusión decorativa y el primoroso trabajo de la piedra; fue construido por Afonso Domínguez, aunque los elementos manuelinos fueron añadidos por el arquitecto Diego de Boitac.

En estilo manuelino se construyó también el panteón que el hijo mayor de Juan I, Dom Duarte, encargó al arquitecto Mateus Fernandes. El conjunto está formado por un mausoleo y siete capillas, y se conoce en portugués con el nombre de Capelas Imperfectas, en alusión a la no conclusión de las obras, ya que las cúpulas y bóvedas no llegaron a construirse.

CONVENTO DE TOMAR.

Antes de visitar el tercer monasterio conviene desviarse para ver el acueducto de Pegões, construcción del siglo XVII con 180 arcos y dos cuerpos en algunos tramos de su recorrido, que aseguraba el suministro de agua al Castillo de los Templarios y el Convento de los Caballeros de la Orden de Cristo, sede del cuartel general de los caballeros del Temple en Portugal.

Fue fundado en 1160 por el gran maestro de los templarios Gualdim Pais, y desde entonces, y a lo largo de los siglos, se sucedieron reformas y ampliaciones ajustadas a los criterios estéticos del momento, por lo cual el Convento de Cristo de Tomar es una lección viva de evolución de la arquitectura, donde podemos encontrar elementos románicos, góticos, manuelinos, renacentistas y barrocos.

De entre ellos, los más antiguos corresponden a la Charola, primitiva iglesia del convento levantada a finales del siglo XII, tomando como modelo la del Santo Sepulcro de Jerusalén.
De planta circular, su interior alberga un espacio poligonal de 16 lados que, a su vez, rodea a un altar central de planta octogonal; los frescos que decoran el recóndito santuario acentúan la belleza de un conjunto excepcional.

La Charola actuó como embrión a partir de la cual se fueron llevando a cabo las sucesivas ampliaciones, entre las que cabe destacar los Claustros del Cementerio y de Lavagem, promovidos por Enrique el Navegante, el Claustro Mayor, de impecable estilo renacentista, construido por João III, o la Sala Capitular, mandada edificar por el rey Dom Manuel, en la que se encuentra la famosa ventana de Tomar, uno de los símbolos más conocidos de Portugal y una de las obras más representativas del estilo manuelino.

Todos los monumentos incluidos en la Ruta de los Monasterios han sido declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

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