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Vista de unas de las laderas del valle de Lifta desde la ventana de su antigua mezquita. EFE/Joan Mas

n un valle a las puertas de Jerusalén se alzan las casas de Lifta, una vieja aldea palestina despoblada de sus nativos en 1948, cuando se creó el Estado de Israel, aunque hoy sigue en pie como memoria de la Nakba, testigo inerte del pasado y de un legado palestino en riesgo de desaparecer por culpa de un plan urbanístico.

Cerca de una carretera de entrada a la Ciudad Santa, como una estampa de tiempos de antaño, hay decenas de inmuebles de piedra caliza y arquitectura tradicional árabe, en ruinas entre la vegetación.

Son la cincuentena de edificios que quedaron de Lifta, ahora en la parte occidental e israelí de Jerusalén, que para muchos supone un lugar simbólico y evocador de una antigua realidad palestina que Israel intentó borrar del mapa tras su fundación hace 73 años.

PUEBLO FANTASMA

“Me gustaría volver a mi casa, vivir aquí sin ocupación”, comenta a Efe Yakob Odeh, palestino nacido en 1940 en Lifta, mientras pasea por las calles abandonadas de su pueblo natal rememorando la infancia que dejó atrás con ocho años, cuando devino refugiado.
Era una aldea rural de unos 2.500 habitantes levantada en torno a un manantial de agua, en las laderas de un valle fértil con huertas, campos de olivo y prensas de aceituna.

Al lado de la vía histórica de acceso a la Ciudad Santa desde el Mediterráneo, Lifta era también un enclave de paso y su historia se remonta 2.000 años atrás. Pero su dinamismo se truncó de golpe entre enero y abril de 1948, cuando su población tuvo que abandonar el pueblo por la presión y los ataques de milicias sionistas judías.

Estas buscaban afianzar su control sobre Jerusalén ante la partida de las tropas de Reino Unido en mayo, que marcó el fin del mandato británico de Palestina (1922-1948), derivó en la creación del Estado israelí y en el éxodo palestino, la Nakba (catástrofe, en árabe), que supuso el exilio de unas 750.000 personas que huyeron o fueron expulsadas de sus hogares, como los habitantes de Lifta.

SÍMBOLO DE LA NAKBA

“Los israelíes nos echaron a todos, no quedó nadie”, lamenta Odeh, ahora residente en Jerusalén Este ocupado. Durante años hizo tours para contar la historia del pueblo y se conoce cada recoveco.

Señala la casa donde nació, menciona el nombre de cada una de las familias que vivían en los edificios aún en pie y recuerda cuando huyó “sin llevarse nada”, pensando que podría volver pronto.

“En una hora pasamos de ser reyes en nuestro pueblo a refugiados”, lamenta.
Más de siete décadas después, se consuela visitando Lifta cada semana, luchando por su preservación y paseando donde jugaba de pequeño, como el manantial en el que se ahora se bañan israelíes y judíos ultraortodoxos los fines de semana.

Las propiedades del pueblo se requisaron bajo la Ley de Ausencia de 1950, según la cual Israel tomaba control de las posesiones de los refugiados palestinos hasta que se resolviese su situación.

De hecho, Lifta es la única aldea palestina en Israel que se mantiene casi “como estaba en 1948”, todo un “símbolo de la Nakba”, destaca a Efe Dafna Golán-Agnon, profesora israelí de derecho en la Universidad Hebrea de Jerusalén y miembro, junto a Odeh y otros activistas palestinos e israelíes, de la coalición Salvar Lifta.

PLAN URBANÍSTICO

Este grupo defiende la rehabilitación y conservación del pueblo, pide a Israel que lo integre en un parque nacional y se opone desde hace más de una década al proyecto urbanístico de la Autoridad de Tierras de Israel (ATI), órgano estatal que posee los terrenos y promueve un plan para un área residencial de lujo en el pueblo, lo que según sus detractores disiparía su esencia y simbolismo.

Este proyecto -cuyos trámites de licitación se relanzaron en mayo- prevé levantar más de 250 villas de lujo, una zona comercial, otra de negocios y un hotel, aunque el Ayuntamiento de Jerusalén también se opone a él.

La ATI intenta impulsar ese plan desde hace quince años. En 2011 emitió un primer concurso para ello, pero Salvar Lifta consiguió frenarlo ante la Justicia, que determinó que se debía realizar un estudio arqueológico para abordar las necesidades de preservación de la aldea, explica Golán-Agnon.

Una investigación de la Autoridad de Antigüedades de Israel halló restos romanos y helénicos en el entorno de Lifta en 2016 y la UNESCO añadió el pueblo en su lista tentativa de candidatos a convertirse en Patrimonio de la Humanidad.

Todo ello dio fuerzas a la plataforma Salvar Lifta, que se opone una vez más a este nuevo intento de urbanizar el área, para lo que volverá a apelar ante la Justicia y ha iniciado una campaña en contra del plan.

“Lifta debe mantenerse como recuerdo de la Nakba y para que tal vez algún día su gente regrese”, algo que deberían abordar “las siguientes generaciones”, considera Golán-Agnon, que cree que podría servir como “lugar de reconciliación” entre palestinos e israelíes.

“Si queremos compartir un futuro juntos tenemos que mirar al pasado, aprender de él y afrontarlo, no borrarlo”, sentencia.

Joan Mas Autonell

Reportaje e imagenes: Efe

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