Una vista del pueblecito de Cuandixia.

Pekín, una ciudad de quince millones de habitantes, ruidosa y frenética, es un interesante lugar, pero a veces se requiere tener tranquilidad y para ello hay que buscarla fuera de sus límites. El problema es que muchos caminos de sus afueras están tan trillados –la Gran Muralla, el yacimiento del Hombre de Pekín- y no es fácil hallar en ellos esa paz buscada, sino que, por el contrario, son tan bulliciosos como el centro de la ciudad, a veces incluso más.

Es por eso que se aprecia el que todavía existan lugares como la aldea de Cuandixia, a unos 80 kilómetros al oeste de la capital, donde sí se respira esa paz tan anhelada, además del aire puro que los montañosos valles de la zona esconden, en contraposición de la contaminada Pekín.

Cuandixia, un pueblo que desliza como una lengua sus alrededor de cien casas por una ladera, era hasta hace poco una de tantas aldeas perdidas en el vasto mundo rural chino, con una población dedicada a la agricultura y ajena al creciente desarrollo urbano chino.

Un habitante de Cuandixia a la puerta de su casa.

Pero los domingueros pequineses la descubrieron, y también algunos directores de televisión locales, que usaron el evocador escenario para rodar alguna que otra telenovela china ambientada en épocas pasadas.

Desde entonces, el lugar se ha convertido en una de las más conocidas escapadas del tráfico y el estrés de Pekín, aunque todavía no tanto como para que el lugar haya perdido su paz y su magia.

Muchas de las familias campesinas de antaño emigraron ya a la gran ciudad, por lo que algunas de las casas están abandonadas, pero varias han sido reconvertidas en hoteles, restaurantes y bares en los que los visitantes pueden degustar la típica comida campesina del norte: verduras, pollo de corral y, sobre todo, la pierna de cordero, el manjar más apreciado en la China septentrional.

A UNA HORA Y MEDIA DE PEKÍN.

Una vista general desde los montes próximos de Cuandixia.

Llegar a Cuandixia cuesta sólo entre una hora y media de viaje desde Pekín, bastante libre de atascos, aunque otra opción es llegar allí en autobús público (para ello hay que hacer bastantes transbordos y armarse de paciencia). El camino al pueblo discurre por ríos, valles y otros pueblos de la comarca de Mentougou, una de las menos conocidas de la municipalidad de Pekín.

Las casas de Cuandixia están todas ellas construidas con el estilo tradicional del norte chino, los llamados Siheyuan de ladrillos grises y con patio interior.

Una empedrada calle de Cuandixia.

Las casas se mantienen en buen estado de conservación –muchas han sido restauradas o están siendo remozadas actualmente- y retrotraen al turista hasta los tiempos de la dinastía Ming (1644-1911), con unas calles de aspecto similar a las del casco antiguo de Pekín o la ciudad de Pingyao, uno de los pueblos más turísticos de China y también en la mitad norte del país.

Muchas familias de Cuandixia eran precisamente originarias de la provincia de Shanxi, donde se encuentra Pingyao, y trajeron a la zona esas técnicas constructivas.

Para descansar de palacios imperiales, zonas modernas de rascacielos y estadios olímpicos con los que “bombardea” Pekín, nada mejor que un fin de semana en Cuandixia.

Reportaje  e imágenes: EFE

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