El lugar donde ha descubierto el aire más limpio de la Tierra, o menos contaminado, es demasiado lejano, alto y gélido como para pensar en viajar allí solo para respirarlo.

El lugar donde ha descubierto el aire más limpio de la Tierra, o menos contaminado, es demasiado lejano, alto y gélido como para pensar en viajar allí solo para respirarlo.

Este aire prístino, libre de unas partículas llamadas aerosoles, producidas por actividades humanas o transportadas desde tierras distantes, está en el océano que rodea la Antártida, al sur de los 40 grados de latitud sur y en la capa atmosférica límite, que alimenta las nubes inferiores sobre esa región geográfica, según la Fundación Nacional para la Ciencia (NSF) de EE.UU.

Las muestras de ese aire, con el que sería un placer llenarse los pulmones, fueron recolectadas por la científica atmosférica y profesora de la Universidad Estatal de Colorado (CSU) Sonia Kreidenweis y su grupo de investigación, durante la misión Socrates financiada por la NSF, a bordo del barco RV Investigator de la agencia australiana de ciencia CSIRO.

El clima y el tiempo meteorológico son procesos complejos que conectan cada parte del mundo con cualquier otra región, y debido a los rápidos cambios climáticos que están ocurriendo como resultado de la actividad humana, es difícil encontrar una zona o un proceso natural en la Tierra que no hayan sido “tocados” por las personas, según CSIRO (https://www.csiro.au).

SIN RASTROS DE CONTAMINACIÓN HUMANA.

Pero la profesora Kreidenweis y su equipo descubrieron una de estas “rarezas medioambientales”: el aire menos afectado por los humanos y el polvo de los continentes en todo el planeta, en la capa atmosférica situada sobre el remoto Océano Austral que rodea la Antártida y en contacto directo con sus aguas.

Kreidenweis ya sospechaba que el aire más puro del mundo podría encontrarse en esta remota región, y su sospecha se convirtió en certeza durante la misión Sócrates, dirigida por el científico y coautor Paul DeMott, y en la que también participaron los investigadores Kathryn Moore y Jun Uetake.

“El Océano Austral, también llamado Océano Antártico, está formado por las porciones meridionales de los océanos Pacífico, Atlántico e Índico y sus mares tributarios que rodean la Antártida. En general, se considera que abarca las aguas por debajo de los 60 grados de latitud sur”, señala a Efe, Matt Marrison, asesor de comunicación de CSIRO.

A bordo del ‘RV Investigator’, mientras navegaba hacia el sur desde Tasmania hasta el borde del hielo antártico, los científicos tomaron muestras de aire y analizaron la composición de los microbios en dichas muestras, informa Marrison.

UN AIRE CON MUY POCO ADN BACTERIANO.

La atmósfera está llena de bacterias dispersadas ​​en cientos a miles de kilómetros por el viento y, las capturadas desde este barco, provenían del océano y tenían una composición diferente de la encontrada en otras zonas latitudinales muy amplias, según los investigadores.

Esto sugiere que los aerosoles (partículas diminutas suspendidas en el aire) provenientes de masas de tierra distantes y de las actividades humanas, motivadas por la contaminación o las emisiones del suelo causadas por el cambio en el uso de la tierra, no viajan hacia el sur en el aire antártico, aseguran.

“Pudimos usar las bacterias en el aire sobre el Océano Austral como una herramienta de diagnóstico para inferir las propiedades clave de la atmósfera inferior y descubrimos que es uno de los pocos lugares en la Tierra que se ha visto mínimamente afectado por las actividades de los seres humanos”, señala el investigador Thomas Hill, coautor del estudio.

Además del seguimiento de las dirección de los vientos, los científico analizaron el ADN (principal constituyente del material genético) de las bacterias, pero reconocen que el aire sobre el Océano Austral estaba tan limpio que había muy poco ADN bacteriano para trabajar.

Las muestras de aire fueron tratadas como artículos preciosos, utilizando las técnicas más limpias y teniendo un cuidado excepcional, para evitar cualquier contaminación del ADN bacteriano, tanto en el laboratorio como a través de los reactivos químicos usado en los análisis genéticos, concluye Hill.

Reportaje e imágenes: EFE

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